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November 08 KarimbaEl cazador pidió otra copa más. El camarero, cansado de acercarse hasta su mesa un viaje más, le dejó directamente sobre la mesa, algo escorada y maltrecha, la botella de líquido transparente y de graduación casi inflamable ante la mera agitación. Pero ni una tea de tragafuegos hubiera podido calentar el interior del cazador esa noche. No desde hacía tres días, desde la última vez, desde que habían cortado sus últimos colmillos, los de aquella elefanta que conocía tan bien de años anteriores. Llevaba años siendo furtivo. Empezó pagando una deuda, una sola vez, se había dicho...y luego el dinero fácil empezó a salir tan fácil como entraba...incluso de forma más rápida. Y se quedó allí, al otro extremo de un rifle, al extremo que le mantenía a salvo, pero que sentía uqe le disparaba casa vez que al final de su arma caía un hermoso animal, otro de aquellos con cuyas almas su abuela le había acunado de niño.
Su abuela amaba la selva como nadie. Era medio salvaje, decía su madre, que nunca se había llevado bien con la suegra, demasiado extraña y demasiado negra. Y de niño le había arropado día a día con canciones que hablaban de otro mundo, de una época anterior de la que se había perdido memoria, donde los animales tenían alma, almas tan grandes como sus corpachones...y sobre todos ellos reinaba el elefante, aquel del alma grande por excelencia. La abuela contaba la mitad de sus historias en una lengua extraña que solamente ella entendía, y la otra mitad las canturreaba con una melodía repetitiva y profunda, como los latidos de las muertes que están por llegar. A la abuela la reñían por asustar a los pequeños con sus historias de brujería y selva...pero a él no le había asustado nunca. La vida sí, la vida sí le había asustado después, y muchas veces...pero su abuela no. Era oscura, callada, rebelde y con música propia en su andar siempre rítmico, como si unas palmas que solamente ella podía escuchar marcaran sus pasos. Era la persona más viva que el cazador había conocido, y, tal vez por eso, había celebrado su muerte con su primera borrachera, allá atrás, allá en aquella línea que separa la infancia de la supuesta madurez.
Cuando se había convertido en cazador, había acudido al abrigo de la borrachera a olvidar aquella música de muerte, aquellos bramidos de sangre hecha sonido que él había provocado. Y así cada vez. Pero ninguna como esta. Conocía a la elefanta. La había visto muchas veces antes, con su manada, con su líder, aquel macho impresionante y marcado por las batallas. La había visto y la había admirado. ¡Le recordaba tanto a su abuela¡ --'Si encontrara una mujer que caminara como esa elefanta, tal vez me enamoraría por fin'--había pensado la primera vez que la había visto.
Y sin ser demasiado consciente, había buscado los rasgos de esa hembra entre todas las hembras en cada brazo de hembra humana en los que durmió las siguientes borracheras. Pero cuando amanecía y sin el apoyo del alcohol toda semejanza entre hembras era nula...se rompía el hechizo y se iba. Otra caza, otra cama.
Y así tras años. Los colmillos de la elefanta, Karimba, sabía que la llamaban los nativos, eran famosos. Se decía que eran los colmillos más perfectos que habría en todo el territorio. Pero él se negaba a buscarlos. Se imaginaba las noches de amor de Karimba con su macho y se alegraba de que alguien pudiera bailar a su manera con los tambores que él no había vuelto a escuchar desde que murió su abuela. De alguna forma el cazador sabía que aquel par de animales conocía las historias de su abuela, bailaba con su misma música.
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