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July 05 Las nubes de choquesAyer la tormenta nos aterrizó cual enero en julio. Me iba a la compra, pero no pude dejar a mi hija mediana en casa con la asistenta, porque le asustaban demasiado los truenos.
Así que me la llevé a la ventana del mirador del salón, para que disfrutase conmigo de la lluvia, y para aprovechar y contarle una historia sobre ella.
Había una vez, en el país de Albiria, dos hermanas hadas, una hada rosa y una hada azul. Como eran bastante traviesas, un día se lesionaron sus hadas con sus juegos, y el médico mágico les dijo que no podrían volar en una temporada.
Por eso, en los días sucesivos, las haditas se aburrieron mucho en el colegio, porque mientras en los recreos sus compañeritas volaban entre juegos, ellas permanecían en tierra. Pero como eran tan ingeniosas como inteligentes, enseguida idearon una solución:
Se refugiaron en la biblioteca del colegio, buscando entre los libros de hechizos. Finalmente, acertaron con el que necesitaban y, en un momento, habían conseguido que un par de nubes bajasen hasta la ventana de la biblioteca, a petición de las palabras mágicas de las hermanas.
A las niñas se les había ocurrido utilizar con las nubes el conjuro para convertir las alfombras en voladoras , y así se encontraron montadas en unas fantásticas carrozas blancas, muy mullidas y cómodas.
Enseguida se reunieron con sus compañeras, volando a su lado, pero ellas utilizando sus mágicas monturas.
A sus amigas les entusiasmó su idea, y corrieron a conseguir sus propias nubes. Las hermanas, mientras tanto, empezaron a jugar entre ellas, chocando y riendo. Con cada choque, las nubes provocaban un gran estrépito, a la par que soltaban agua, cual esponjas estrujadas.
Así mi hija entendió que, cuando truena, se trata de las hadas niñas que están en el recreo, jugando a las nubes de choque entre ellas. El fogonazo del rayo lo provocan la magia de sus cucuruchos siempre iluminados, y el estrépito del trueno los choques de sus nubes embistiéndose entre juegos.
Y por eso no hay que asustarse ante las tormentas, sino disfrutar de la lluvia y de la magia que nos llueve con ella.
La Aguadora y su gota mediana, Julio 2006
June 27 Y una de mundialEstamos viendo el mundial.
Mis hijas y yo hemos disfrutado el gol de Villa y estamos sufriendo por el empate.
Me viene mi hija pequeña y me dice:
-- Mamá, no te preocupes. España ya hemos ganado muchos partidos.
Le respondo:
-- Pero si no ganamos este, nos vamos del Mundial, y no volvemos a jugar otro hasta dentro de cuatro años.
La niña me escucha, lo entiende, se pone pálida, se arrima las manos a la cara y me dice:
-- Ahora estoy yo preocupada. ¡Tenemos que ganar!
:-))
Leches, tengo que recordar ser menos forofa y más madre para la próxima vez.
June 20 Los pies compañerosLos pies compañeros.
Hace mucho tiempo, en un mundo del que hemos perdido todo recuerdo, los pies eran iguales. Los pies viajaban a lo largo de toda la vida uno junto a otro, rectos, mirando al camino que pisaban sin poder jamás mirarse entre ellos. Un día, un pie derecho empezó a sentirse muy deprimido. "Siempre estoy solo –pensaba—No tengo con quien compartir mi tarea, todo el tiempo piso y piso y sólo veo más camino por pisar en mi futuro. Estoy cansado y me siento muy solo." Y así le rezó esa noche al Hacedor, quejándose de su suerte y de su soledad. Y Dios, extrañado ante su queja, bajó esa noche a interrogar al pie derecho. -- Pie derecho, pie derecho, ¿por qué te sientes solo? -- Porque nadie me acompaña en mi caminar, porque nadie entiende lo duro que es mi trabajo, siempre abajo, siempre pisando, siempre mirando al frente mirando todo lo que aún resta por andar. -- ¿Querrías tener un compañero? –le preguntó el Hacedor. --¡ Por supuesto que sí! – respondió al punto el pie derecho. -- Espera un momento. Ahora vuelvo. Y Dios se fue a preguntarle al pie izquierdo si se sentía solo y abandonado. Y el pie izquierdo le contó exactamente lo mismo que el pie derecho, sólo que por timidez no se había atrevido a quejarse él mismo al Hacedor hasta ese momento. El Hacedor se dirigió entonces a ambos pies y les dijo: -- Sea. Vuestro deseo está concedido. Nunca más caminaréis creyendo que estáis solos. Y en ese momento cada uno de ellos descubrió a su compañero, el que siempre había estado allí desde un principio, acompañando sus pasos y su camino. Y ambos pies sonrieron. Al sonreírse se giraron uno hacia otro, y a Dios le pareció que era una buena idea que continuaran así en el futuro, sonriéndose mientras avanzaban, mirándose uno a otro a la par que al camino. Desde entonces los dos pies no son iguales, sino que cada uno mira hacia el otro y, cuando se descubren, uno siempre al lado del otro, uno siempre apoyando el cansancio del compañero, se sonríen. Por eso tenemos un pie derecho y un pie izquierdo, porque son iguales, pero en sentido inverso, porque cada uno sonríe al otro para animarle a que camine a su lado. Y dicen las lenguas antiguas que desde ese momento el caminar se volvió más ligero, porque caminar acompañado siempre es más sencillo y el camino se hace más corto al compartirlo. La Aguadora, Jn 2006-06-19
April 28 Desde AlbiriaLeo, el avión que tenía miedo a volar. Leo era un avión pequeñito. No era ya un avión recién nacido, le habían dado sus primeras alas, tenía sus cuatro motores, y un permiso de vuelo con la letra L de aprendiz en su cola, pero ya podía volar con ella. Leo el heredero de una larga saga de aviones de transporte de pasajeros. Ningún miembro de su familia había sufrido jamás un accidente, y casi no necesitaban mantenimiento porque ni pillaban un triste resfriado de aviones, con las molestas toses que afectaban a los pasajeros como si se estuviera atravesando una bolsa de aire tras otra. Leo y su familia eran un ejemplo de familia aeronaútica. Pero, la primera vez que a Leo le tocó volar en solitario, sin la compañía de su madre, su padre o sus tíos al lado de sus alas, se asustó. Empezó a imaginarse en su cabeza una larga lista de ‘ysis’. Los ysis son unos bichitos peores que los piojos que se meten en la cabeza y no salen de ella ni con el más afilado de los peines de púas. Además, ¿alguien ha visto alguna vez peinarse a un avión? Pues por eso, cuando una cepa de ysis anidaba en la cabeza de un avioncito, no había forma de librarse de ella. Todavía nadie había inventado un champú antiysis. ¿Y si toso y mareo a mis pasajeros? –se preguntaba Leo-- ¿Y si tomo tierra demasiado bruscamente y lanzo la carga fuera de los maleteros? ¿Y si no consigo mantenerme a la altura adecuada? ¿Y si tengo una avería y no sé cómo repararla en vuelo?¿Y si me pierdo? ¿Y si me ciega el sol y no consigo orientarme? ¿Y si las nubes me hacen cosquillas en el vientre y estornudo y me salgo de singladura? ¿Y si…? Y así una y otra vez. Lo que tienen los ysis es que cuanto más uno los escucha, más se reproducen entre ellos. Por eso los ysis de Leo que surgieron en cuanto le dieron su carnet de avión novato, se habían multiplicado por diez cuando afrontó su primer vuelo en solitario. Hasta tal punto le entró el pánico que tuvo que regresar a tierra en cuanto había despegado de la pista del aeropuerto. Apenas empezó a cruzar las nubes le entró semejante miedo a cometer un error durante el vuelo que empezó a temblar y le entraron escalofríos que convirtieron a todos sus pasajeros en candidatos a cubitos de hielo bailando salsa en una bebida combinada. Leo dio la vuelta y ya no consiguió salir a volar solo. Le visitaron diversos terapeutas especializados en fobias, un hipnotista y todos los médicos de su compañía aérea, pero en vano. Leo continuaba teniendo pánico a despegar. Y sentirse incapaz de volar le estaba mermando tanto la autoestima que en apenas un mes Leo adelgazó tanto que pasó de tener capacidad para doscientos pasajeros a apenas poder albergar treinta. Tan mal se encontraba Leo, que le llegaron noticias de su estado a su madre, muy ocupada realizando vuelos transoceánicos y embarazada de gemelos de airbus. Así que la mamá de Leo forzó una revisión por descanso y acudió al hangar donde su hijo se escondía de los demás aviones. Leo le contó el miedo que sentía, el pavor que le provocaban todos los ysis que le invadían su cabecita de avión novato una y otra vez. Después de contarlo, se aparcó hacia un lado, esperando que su madre, como todos los demás, se riera de sus ysis y le intentara demostrar que no existían. Pero su madre no hizo eso. Le acarició con una de sus grandes alas de avión transoceánico y le dijo: -- Espera aquí, hijo. Voy a pedir ayuda para ti a unas amigas. Y despegó. En unos minutos había regresado, llevando de la mano a una gran nube. Era una cumulonimbus madre, uno de los tipos de nubes más grande que existe. -- Esta es mi amiga, Águeda. Es una nube madre. Tuvo trillizos de nimbos casi a la par que yo te tuve a ti. Le he contado tu problema, y creo que puede ayudarte. Y en un momento, Leo se encontró con que los tres trillizos de la amiga de su madre se habían enredado en su cola y sus alas, como si se tratase de unos manguitos gigantes para zambullirse sin peligro en la piscina del cielo. -- Ahora podrás volar sin miedo a estrellarte –le dijo su madre, mientras le daba un beso de buena suerte y despegaba a toda máquina, para no hacer esperar a sus próximos pasajeros en la puerta de embarque. Leo se dirigió hacia una de las pistas que la torre de control le informó que estaba libre, y probó sus nuevos amigos-manguitos. ¡Funcionaron! Casi casi hasta se permitió realizar una o dos acrobacias en el cielo sobre el aeropuerto del que había llegado a pensar que jamás volvería a despegar. Con los manguitos en su fuselaje, Leo no tenía miedo a un accidente. Así que Leo volvió al servicio activo y a realizar vuelos con pasajeros. En unas semanas estaba tan confiado en sus habilidades, siempre con sus manguitos adosados, que pidió realizar vuelos intercontinentales. Por primera vez, Leo sobrevoló el desierto. Nunca había visto uno, y le impactó ese mar de arena que parecía no tener fin. Bajó mucho, hasta poder divisar las escasas aldeas que osaban vivir en ese medio tan hostil. Descubrió que sus habitantes le parecían tristes y cansados, y se preguntó en voz alta cuál sería la causa. -- Tienen sed. – le respondió uno de sus manguitos nube. – Aquí no llueve casi nunca, y los pozos se han secado. Tienen sed y hambre, porque sus cosechas no crecen sin lluvia. -- ¿Y por qué no vienen por aquí otras nubes como vosotros? –les preguntó Leo. -- Porque están lejos de las rutas comerciales, y porque tienen miedo, el sol brilla tanto que nos deslumbra. -- ¿Vosotros no tenéis miedo? -- No, por supuesto. Venimos contigo. Tú y tu gran cuerpo nos proteges. Leo se quedó atónito al escuchar esa respuesta. ¡Los manguitos-nube confiaban en él para no asustarse cuando él no se hubiera atrevido a volver a volar sin ellos! Los días siguientes, Leo no podía sacarse de la cabeza la imagen de los habitantes del desierto y su sed. Sin darse cuenta, al preocuparse por otros, estaba expulsando de su cabeza a tantos ysis inútiles que la habían invadido. Los ysis necesitaban mucho espacio para sobrevivir, y cuando no se les hacía caso, se sentían enlatados y se mudaban, en busca de otros lugares más cómodos para existir. Así, sin apenas haberse pasado un peine por el fuselaje, Leo se encontró libre de sus molestos parásitos. En el siguiente vuelo en que la ruta le llevó por encima del desierto, Leo, les dijo a sus manguitos amigos: -- Nubes, ¡cumplid vuestro destino! Lloved donde hace falta agua. -- Leo , ¿estás seguro? – le preguntaron—Si nos vamos, no podremos regresar, nos habremos convertido en lluvia y estaremos cumpliendo nuestro ciclo de agua y vida. -- Quiero que lo cumpláis. Vosotros seréis felices siendo agua, y yo seré feliz volando sin miedo. Nuestros destinos han sido felices juntos, pero ahora debemos separarnos, amigos. Algún día volveremos a encontrarnos en mitad de una tormenta, y todos estaremos orgullosos de haber crecido juntos. Y las nubes se desprendieron del avión al que habían servido de manguitos y esa tarde llovió sobre el desierto. Antes de aterrizar, Leo se llevó un último regalo de parte de sus amigos: vio cómo el desierto florecía por unos minutos, cubierto por una manta de verde vida. Al sentir que volaba solo, le asaltó de nuevo un miedo que creía olvidado pero, justo cuando sentía que el pánico le rozaba, escuchó cánticos desde varias aldeas del desierto. Les prestó atención: cantaban sobre un avión que les había regalado la lluvia, sobre un héroe que había salvado la próxima cosecha, llenado sus pozos y calmado su sed. Leo se sintió tan orgulloso de haber inspirado esas canciones, que aterrizó sin apenas darse cuenta. A partir de entonces, cada vez que atravesaba una situación comprometida en vuelo, como una tormenta o una avería inesperada, recordaba los cánticos que se habían elevado desde el desierto mojado por una tarde, y el olor de sus amigos convirtiéndose en agua, y se tranquilizaba por completo. A veces, al atravesar una zona de nubes, algunas gotas le reconocían y le saludaban. Él les devolvía el saludo, apenas aleteando para no molestar a sus pasajeros, que volaban felices y confiados en que su avión era Leo, el mejor avión del mundo, porque no es mejor el que nunca ha tenido miedo, sino el que lo ha tenido y ha aprendido a superarlo.
La Aguadora. Abril 2006 |
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