La Aguadora's profileLa AguadoraBlogListsGuestbook Tools Help

Blog


    August 21

    Te encantaban mis pechos

     

    Te encantaban mis pechos.

    Desde el primer momento en que nos vimos, tu mirada navegaba desde mis ojos hasta mis pechos. No los tenía muy grandes, apenas una 90, así que nunca había supuesto que pudieran encandilar a un hombre de la forma en que te encandilaron a ti.

    Cuando ya fuimos pareja, me contaste que lo que te gustaron fueron mis pezones, tan grandes comparados con las manzanas de media copa de mis pechos aún turgentes. Mis pezones eran como pitones que te animaban a embestirme, me dijiste.

    Esos días, ya habías tomado por costumbre saludarnos siempre a los tres: me besabas en la boca, y después me mordisqueabas cada uno de los pechos.

    Era nuestro saludo secreto.

    Mis pechos eran como nuestro bebé, el que nunca compartimos.

    Cuando regresabas de viaje, siempre me traías de regalo un sujetador. Me enseñabas su caja, yo me iba a cambiar al servicio del restaurante donde estábamos cenando y los dos ya sabíamos cómo iba a terminar la velada: haciendo el amor como locos con el sujetador nuevo puesto. Después, cuando te fueses a correr, sólo entonces, me lo apartarías de un mordisco y eyacularías en mí mientras me mordías un pezón.

    Mis pechos también sabían echarte de menos ellos solos. Si pasabas más de dos semanas sin venir, empezaban a dolerme, como si fuera a venirme la regla o como si estuviese embarazada. Dolían como duelen cuando están llenos de leche y reclaman la boca del recién nacido que les vacíe y les conceda consuelo.

    Durante la noche, cuando me acariciabas aun dormida, eran ellos los que traicionaban mi deseo, erigiéndose en jueces del momento y condenándome a ser tuya aunque me reclamase el sueño.

    Por eso, cuando empezaron a dolerme sin tu ausencia, sospeché que algo no iba bien.

    La segunda vez que no me los mordiste mientras te vaciabas en mí, supe que no eran imaginaciones mías, aunque tú me llamases loca.

    Mientras le pagaba al detective al que le encargué que te siguiera, me di cuenta de que había elegido de toda la guía al único que se llamaban Senén, tal vez porque me recordaba a tu semilla mojando mis senos, como tantas veces te había gustado hacer.

    De todas las fotos que me enseñó, la que me dolió de verdad era en la que le mordías un pecho por encima de la tela.

    No me extrañó que te gustase ella, no vayas a creer. Tenía un escote al que yo misma me hubiera vuelto a admirar si me la hubiese cruzado en el supermercado y no en tu cama.

    Te invité igualmente a una cena especial de San Valentín. No esperaba que acudieses, pero te hubiera extrañado que no cocinara para nosotros, como había hecho los últimos años, así que te envié un sms invitándote.

    Supongo que sería porque firmé el mensaje como si te lo hubieran enviado tus pezones favoritos por lo que acudiste.

    Durante el primer plato, sólo tuviste ojos para ellos. Mi vestido escotado invitaba a mirarlos, pero supongo que igualmente no me habrias mirado a mí a los ojos esa noche, ni ya ninguna otra. Yo estaba distraida, de todas formas, el menú de esa noche había requerido toda mi concentración.

    El segundo plato te lo serví en albornoz.

    Me miraste por primera vez, y supongo que algo debió extrañarte en mi cara, porque ya tenías una mueca de horror antes de levantar el cubrebandejas y descubrir que el último plato que tú comerías en mi mesa eran mis pechos, recién cortados, y apenas pasados vuelta y vuelta por el grill, como a ti te gustaba todo…poco hecho y en su punto de amargura.

     

     

    La Aguadora, agosto 2006

    July 31

    La mujer siempre asomada al precipicio

     
    La mujer a la que le gustaba vivir siempre asomada a un precipicio finalmente un día consiguió despeñarse por él.
    Su tercer intento de suicidio se le fue de las manos y se convirtió en algo más que un intento.
    Así que murió.
    Durante el largo camino al Cielo (nunca se hubiera esperado que hubiese tantas escaleras,o, en el caso de que las hubiera, hubiera supuesto que serían mecánicas, ¿es que El Corte Inglés tenía mejores infraestructuras que el Cielo?), fue recordando paso a paso su vida.
    Se vio de niña, la mediana de tres hermanos, a la que nadie hacía caso porque no era ni la mayor, ni el  pequeño, y encima era repetida porque ya había otra niña.
    Hasta que empezó a enfermar.
    Recordaba su primer sarampión como toda una fiesta. ¡Por primera vez recibía todas las atenciones! Tal vez por eso no lamentó que tardase el triple de lo habitual en curarse.  Lo  mismo pasaría con la varicela, la rubeola, varias pulmonías, alergías inexplicables con insuficiencias respiratorias graves...
    Era delicioso estar enferma.
    ¡Recibía tanta atención!
    Afortunadamente, se libró de ser una hipocóndrica porque la abuela paterna, la que vivía con ellos, tuvo el buen gusto de enfermar de verdad, y durante años toda la atención médica de la familia recayó en ella.
    Pero entonces encontró la báscula.
    Descubrió que no comiendo adelgazaba, y que cuando uno adelgazaba mucho, los demás se preocupaban por él.
    Por eso fue una adolescente capaz de subir diez kilos sin medida, cuando aún la anorexia no estaba de moda ni siquiera en los diccionarios.
    Cuando llegó a la universidad se echó novio exactamente a la misma edad que lo había logrado su perfecta hermana mayor. José Luis no le gustaba especialmente, pero le hacía mucho caso y se parecía bastante a su cuñado, el novio de su hermana mayor.
    Además, demostró tener una extraordinaria fortaleza para soportar las cuarenta y dos veces en qeu ella le dejó antes de llegar a la boda.
    Tener novio estaba bien...pero romper llamaba mucho más la atención.
    Cuando esa atracción dejó de causar efecto se casó.
    Y se embarazó exactamente tres meses después de su hermana. Intentó hacerlo antes, pero los espermatozoides de su marido no resultaron ser tan veloces como los de su cuñado.
    Tuvo una niña, por supuesto, igual que su hermana.
    Pero su embarazo fue muy complicado, tuvo que ingresar al menos tres veces, y la niña al final nació con bajo peso y un leve problema cardíaco.
    Todo el mundo hace mucho caso a las embarazadas, pero no tanto a las recién pariodas, como descubrió durante cada una de las depresiones post parto que acompañaron a sus cinco embarazos.
    A partir del tercer hijo empezó a notar un creciente desinterés en los demás por su estado, pero ella no cejó, logrando con su último embarazo de gemelos estar ingresada durante casi seis meses.
    Sus hijos pasaron una infancia entrando y saliendo todo el tiempo de hospitales y urgencias varias, mientras ella, madre sufrida, les acompañaba todo el tiempo historial médico en mano.
    Al cumplir los cuarenta, dejó a su marido.
    Sus hermanos acababan de divorciarse el año anterior, y ella supuso que solamente seguía la estadística familiar.
    Claro que ellos no volverían a separarse a los tres años, los cinco, los siete...
    Los fracasos sentimentales finalmente dejaron de resultar emocionantes, y entonces, o durante, no lo recordaba con exactitud, se aficionó al juego.
    En apenas diez años pasó por Ludópatas conocidos, Alcohólicos anónimos, Orfidal para la vida, Ex-fumadores por la paz, e Internautas sin red.
    Los grupos de apoyo suelen proporcionar mucho de eso, apoyo, excepto cuando una se ha apuntado a tantos que debería fundar uno ella sola.
    Cuando a su hija mayor le diagnosticaron depresión y le comunicó que se iba a vivir con su padre, se intentó suicidar por primera vez. ¡Su hija parecía la víctima de ella, y no al revés!
    Pero al regreso del hospital, a la vez que un coro de plañideras vecinas-conocidas-compañeras la consolaban, descubrió que dos de sus otros hijos habían decidido también irse con su padre, y por primera vez en años sintió que estaba perdiendo público.
    Claro que cuando le embargaron la casa por no poder hacer frente a la segunda hipoteca, la calle estaba llena de curiososo.
    Ella solamente había pretendido lograr un futuro mejor para los suyos, intentó explicarle al banco, pero quién iba a sospechar que esas seguras inversiones en valores de alto riesgo en mercados de países emergentes no iban a salir bien.
    Los bancos, como todos sabemos, son como las multitudes: gustan de contemplar la sangre derramada pero les resulta indiferente a quién pertenece, siempre y cuando no sea la propia.
    Sin casa y sin hijos terminó recalando con su hermana mayor, hasta que decidió vivir la gran historia de amor de su vida seduciendo a su cuñado, convencida de que siempre había estado secretamente enamorado de ella pero no había tenido valor para confesarlo.
    Como su hermana no entendía la vida compleja de personas como ella, la invitó a marcharse cuando se enteró, y ella se encontró, sin saber muy bien cómo, en casa de su suegra.
    Donde en su madurez sintió nacer por primera vez en su interior a la mujer que no sabía que había llevado dentro hasta entonces, y vivió con sus recién cumplidos cincuenta años una historia lésbica convencida de estar encontrando por primera vez el amor.
    Intentaba recordar el nombre de su amante, ¿Julia? ¿Cecilia?, cuando Dios la recibió.
    -- ¿Qué opinas de tu vida? -- le preguntó él.-- ¿Hay algo que quieras preguntarme antes de comunicarte tu próximo destino?
    -- No, gracias. Todo es tal como lo recuerdo. Supongo que con lo que he sufrido me he ganado el cielo, ¿verdad? ¿Cuándo vamos?
    Dios la contempló durante unos instantes, dudando de que por primera vez alguien se estuviese permitiendo reirse de él en su presencia, pero cuando leyó en sus ojos la certeza de estar en posesión de la verdad absoluta, supo que no mentía, y supo lo que tenía que hacer.
    -- Verás, al Cielo sólo se va cuando uno demuestra haber aprendido, a lo largo de todas las vidas por las que ha pasado, lo suficiente para valorar como se debe el regalo de la vida.  Me temo que tu aprendizaje aún no ha terminado.
    -- ¿Ah, no? --indagó ella, extrañada, pero disfrutando del momento de disponer de toda la atención del Hacedor para sí misma durante un rato-- Entonces, en mi próxima vida, ¿ qué voy a ser? ¿Astronauta? ¿Inventora? ¿presidente?
    -- Ameba.
     
    La Aguadora, Agosto 2006
     
     
    July 27

    El hombre en busca de una familia.

     

    El hombre en busca de una familia.

     

    El hombre que nunca había tenido una familia, buscaba una sin cesar.

    De niño, envidiaba las de sus amigos. Cuando le invitaban a sus casas para jugar, él no conseguía disfrutar del juego al completo, porque la visión de unas familias que no eran como la suya, rota y dolida, le absorbía.

    De mayor, él no quería ser futbolista, médico ni astronauta. Él quería ser cabeza de familia.

    Así que cuando creció, no tardó en conseguir la suya. Mujer, dos hijos, hipoteca, suegros, dos coches, vacaciones en la playa cada año…

    Hasta el primer divorcio.

    Y luego llegarían el segundo y el tercero.

    Y el hombre que no recordaba haber sido niño volvía cada vez a encontrarse solo, en un apartamento de soltero, sin familia para la que cocinar todos los platos para familia numerosa que había aprendido una vez en el puchero de su abuela.

    Una tarde, se encontró a un niño de unos doce años vendiendo CDs piratas en una esquina.

    Le gustó el chaval, le recordó a él mismo, pensaría meses después, y le compró.

    Y volvió a comprarle durante muchos días.

    Así se enteró de su historia de inmigrante ilegal, con un padre fallecido nada más llegar al país, y una madre que limpiaba mientras él vendía sin que ella lo supiera para añadir algo de plata a la cesta de la compra. Tres hermanos más pequeños se quedaban al cargo de una vecina octogenaria y su perro husky, el más capaz de cuidarlos a todos juntos.

    Sin querer evitarlo, se enamoró perdidamente de la familia del Richard, que era como se llamaba el pequeño emprendedor.

    Lo hizo como todo lo que él hacía, hasta los tuétanos, y así se presentó una buena tarde, con ramo de flores en una mano, y la izquierda del Richard en la otra, en la puerta de una mujer que no conocía para pedirle que se casara con él.

    Ella tardó como unos cuatro meses en dejarse convencer pero cuando enfermó de tuberculosis, tuvo miedo por sus niños, y pensó que no habría nada de malo en dejarse cuidar por una vez en su vida, y por confiar a su familia a esas manos que se empeñaban tanto en mostrarse tendidas.

    Y él le cumplió. Ella pudo dejar de trabajar para recuperarse de su enfermedad. El Richard aceptó, aunque a regañadientes, dejar apartada unos años su vida de casi cabeza de familia, para volver a jugar sin más preocupaciones que las de aprobar las asignaturas de unos libros que se le antojaban muy cuesta arriba. Sus hermanos estrenaron colegio, uniformes y esperanza a la vez.

    Quince años después, el último de los niños abandonó la casa, para aceptar una oferta de trabajo en una ciudad próxima.

    La casa se quedó vacía. No volverían a juntarse hasta la próxima navidad.

    Y el hombre que tanto se había esforzado por tener una familia, lloró en el balcón desde el que despedía a su último no hijo, preguntándose cómo iba a llenar ahora su vida, cómo iba a vivir sin su familia.

    Sintiéndose tan solo como perdido, entró en su dormitorio, en el que había habido dos camas desde el principio del matrimonio.

    Allí le extrañó encontrar a la que había sido su esposa durante los últimos años colocando ropa limpia sobre las camas, a las que había unido retirando la mesita de noche que les había mantenido separados cada noche.

     

    -- ¿Qué haces? –le preguntó.

     

    -- Ahora nos toca a nosotros – le respondió ella, terminando de abrir el embozo de la gran cama matrimonial que había quedado hecha, mientras dejaba caer la bata que cubría un camisón nuevo, casi de novia.

    Y él se sorprendió pensando por primera vez en tantos años que su esposa era guapa, y que era afortunado por tenerla.

    Esa noche, mientras dormían abrazados por primera vez, él la escuchó decir en un suspiro antes de dormirse definitivamente:

     

    -- Gracias por ser mi familia.

     

    Y se sintió avergonzado por todos los años perdidos. Tanto como orgulloso y esperanzado por los que quedaban por venir.

     

    La Aguadora, 2006

    June 29

    El espejo de la verdad

    Érase una vez un país sin espejos.
    En el país sin espejos, todos creían ser más elegantes, más guapos y mejor vestidos que los demás.
    Los siglos de no tener espejos les habían convencido, a cada uno, de ser un maestro en elegancia, en buenas maneras y en poder dar ejemplo de saber estar.
    Un día llegó al país una vieja harapienta, fea y remendada, de profesión buhonera.
    --¿Qué vendes,anciana? --le preguntó el guardián de la entrada del país sin espejos, un ordenanza muy pagado de sí mismo, muy engolado y muy convencido de su auténtica valía.
    -- Espejos.
    -- No sé qué son, ni para qué sirven.
    -- Es algo que nunca sabes que lo necesitabas, hasta que te ves reflejado por primera vez en él. Mis espejos venden verdad, sólo eso.
     
    Y el guardián cedió a la tentación y miró.
    Y se vio con la corbata torcida, de colores chillones que no combinaban con el resto de su indumentaria, y unos cuellos demasiado grandes para su barbilla...y se fue corriendo a su casa, a cambiarse de ropa, dejando libre la entrada al país, y franqueando la entrada a la anciana que sólo vendía verdad.
    La anciana terminó en la plaza principal del reino, esperando reunir comprandores.
    -- Vendo espejos, vendo verdad, quien me compra nunca me olvida, quien me niega compra su felicidad...
    --¿Cómo esperas vender no vendiendo felidad ? --le interrogó el decano del colegio de abogados, al escuchar tan particular reclamo.
    -- Porque la felicidad sin verdad es sólo una sombra para tontos que viven alumbrados por velas. Los que viven a la luz del sol no temen mis espejos.
    Y se cuenta que el decano compró espejos para todos sus miembros y se los regaló.
    ¿Y, sabéis qué?
    Que el único de sus miembros que tembló al recibir el espejo fue el guarda que custodiaba la entrada del país, que había conseguido su título usando chuletas en la universidad nocturna. Los demás recibieron los espejos con agrado y los incorporaron a la decoración de sus despachos, para reflejar la verdad a la luz del día.
    Desde entonces, el guarda fue destituido de su puesto, los abogados incorporaron a su escudo un espejo y el reflejo de uno mismo se convirtió en el primer examen para obtener el título de abogado.
    Y el país, cuentan las leyendas, vivió mucho mejor, con generaciones de abogados capaces de reconocer a un impostor en cuanto se miraban a la vez en un espejo.
     
    March 11

    Mario en Albiria

     
    Siete años después de la desapararición de Albira, la niña volvió al pueblo.
    Se presentó en casa de aquellos aldeanos que la habían recogido. por primera vez en su campo de trigo, y les entregó un bulto envuelto dentro de un capazo, diciendo a la par:
    -- Se llama Mario, es el hijo de la última de las Cantadoras de Cuentos. yo no puedo cuidarlo más, y su madre está enferma. Amadlo como hicisteis conmigo, y su sonrisa algún día iluminará todo el Valle.
     
    Y como una vez ya habían hecho con Albira, el pueblo acogió al nuevo niño entre ellos.
    Era un niño moreno y sonriente, de piel clara y ojos penetrantes. Parecía un anciano encerrado en un cuerpo demasisado chico para albergar sus dudas y misterios, decían los mayores del pueblo.
    En cierta forma, les recordaba a Albira, a quien habían acogido entre todos hasta que había decidido irse, en busca de su propia destino y, así, el niño había pasado a ser considerado 'el hermano de Albira', y criado en conjunto, como hacía la comunidad con sus retoños abandonados.
     
    El  niño era callado y quedo. No lloraba ni por sus biberones, aceptando cualquier arrullo, cualquier leche. A todos sonreía cuando le prestaban atención, y nunca protestaba por nada. No se recordaba bebé más sano ni más tranquilo desde incluso la llegada de Albira al pueblo.
     
    El niño creció, tan sonriente como alto. Siempre sonreía a todos, y en eso se parecía a la niña que una vez había dado nombre a todo un mes en el Valle, pero al contrario que ella, hablaba, hablaba mucho. De hecho, empezó a cantar con apenas semanas, dejando atónitos a los paisanos al ser capaz de seguir con sus balbuceos melodías muy complicadas. Y con apenas un año, se explicaba como un niño de seis, con un vocabuario inédito para tantos, que les obligaba una y otra vez a consultar los diccionarios.
     
    Sin duda, el niño era hijo de una Cantadora. Las palabras y la comunicación eran tan fluidas en él como su propia respiración.
    Pero, además, el niño era tan cabal que parecía saber cómo funcionaban por dentro todas las cosas, como si Si se estropeaba el molino, alllá aparecía el muchachito de apenas seis años para ayudar...y enseguida conseguía diagnosticar dónde estaba la pieza rota que había que sustituir. Y si era el horno de pan, lo mismo. O la fragua, o los coches que apenas llegaban al garaje del tío Dimas, uno de sus cuidadores habituales.
     
    El niño era tan capaz de encontrar las soluciones a cualquier problema mecánico o de construcción que se presentase en el pueblo, que antes de los diez años nadie emprendía una reforma importante sin consultarle antes a Mario.
     
    Por eso, cuando años más tarde entró en erupción el volcán a cuya falda dormía el Valle desde hacía siglos, una vez reunida la comisión de gobierno en el ayuntamiento, todos encontraron normal la propuesta del confitero de llamar al niño Mario, para que diera su opinión sobre lo que se podía hacer para librar al Valle de tan grave peligro.
    Mario llegó, con su gesto serio, como de quien ya ha vivido todas las vidas dentro del útero materno, y sin apenas alterar la mirada de sus ojos grises grafito, sentenció a la comisión:
    -- El Valle desaparecerá bajo el río de lava que vomitará el volcán en las próximas 36 horas.
    Todos tuvieron la certeza de que así iba a suceder.
    Su pueblo se encontraba en mitad de la trayectoria de la lava del volcán, y su vida y sus historias albergadas en cada casa, serían borradas con la furia de la tierra ardiente que llegaría desde lo profundo de la tierra.
    -- ¿Y se te ocurre alguna posibilidad para salvar al pueblo? --osó a preguntar el alcalde, temiendo la respuesta tanto como realizar la propia pregunta.
    --Podemos intentar canalizar la lava...--empezó a explicar el niño.
    Y durante las siguientes horas, todos los dirigentes del Valle escucharon absortos las ideas de un niño de trece años, que había demostrado en su co rta vida estar tan en sintonía con el funcionamiento de los mecanismos internos de las cosas, que pareciera haber nacido dentro de un engranaje mecánico y no dentro de una mujer.
    Esa misma tarde, se pusieron a trabajar bajo las indicaciones de los planos que sobre la marcha había dibujado el niño Mario, el hermano de Albira, en cierta forma; el hijo de la Cantadora de palabras que había perdido la voz y las historias.
    En menos de un día, el Valle había conseguido construir una presa para detener el río de lava. Una presa con una bomba incorporada, capaz de detonar al sentir en su vientre el calor del grueso del río de lava, y de alterar su rumbo hasta la central térmica que también habían empezado a levantar, a marchas forzadas, con el esfuerzo de todd hombre, mujer o niño, justo en mitad del camino que esperaba Mario siguiera la lava.
    Cuando la lava empezó a deslizarse montaña abajo, Mario animó a los niños de la aldea a cantarle, para que gustase de su música y ralentizara su marcha.
    Así lo hicieron. Y la lava pareció en verdad detenerse a escuchar los cantos infantiles.
    Justo en mitad de una canción, estalló su bomba. Y donde podría haber habido destrucción, surgió un canal, imaginado por la mente de Mario, capaz de dirigir al río de calor y muerte lejos del poblado, en dirección a la presa que habían construido para albergarlo.
    La central térmica que Mario había diseñado apenas un día antes, empezó a funcionar en cuanto la lava entró en su alto horno.
    Y los restos ardientes de su marea, convirtieron su lago cercano en unas fuentes termales, que en poco tiempo habrían de atraer visitantes que supondrían una fuente de ingresos inigualable para toda la comarca.
    El pueblo se había salvado.
    Y lo que había estado a punto de terminar con ellos, se había convertido en un negocio.
    El ayuntamiento en pleno, agradecido, llamó a Mario para ofrecerle una recompensa.
    -- ¿Un faro? --se escandalizaron los concejales.-- Si no tenemos mar, tú no tienes ni casa propia...¿para qué ibas a querer un faro?
    -- Para encenderlo cada noche, y esperar que almas iluminadas por su luz lleguen a su base. Así con los años fundaré la primera universidad del Valle, y podré seguir aprendiendo de otros más sabios.
     
    Aquella noche, a la luz de la luna, el pleno del ayuntamiento del Valle colocó la primera piedra del Faro del Aprendizaje, la que sería a la vez, primer hogar propio de Mario, primera escuela superior del Valle y recordatorio de todo lo hermoso que uno puede obtener de una tragedia, si encuentra fuerzas e inteligencia para oponerse a ella.
     
    En apenas seis meses estuvo terminado.
    La primera noche que alumbró, sólo durmió Mario en él. A medianoche, llamaron a su puerta. Eran Albira, la que le había recogido de casa de su madre yb le había dado un nuevo hogar, llevando de la mano a otra niña, aún pequeña, con ojos llenos de historias e imaginación.
    --Hola, Mario. Me alegra ver que has conseguido lo que siempre esperé de ti. Tu propia luz iluminará a otros, como debe de ser. Ahora te toca devolver lo que te han dado. Te traigo a tu hermana, Aly, para que la cuides como te han cuidado, como este pueblo me cuido a mí en su día. Ella es la heredera de l espirtitu de la Tierra de los Cuentos, como tú eres el heredero de su reino. Amaos y cuidaos. Sed luz. Sed hermanos. Sed camino el uno para el otro, como sereis faros para los demás.
    Y Albira se fue, dispuesta a seguir su lucha por recuperar su reino de palabras,mientras sus hermanos, a los que ni siquiera les había dicho que lo eran, quedaban al cuidado del primer faro de un futuro lleno de luces en la noche...si ella conseguía ganar la batalla.
     
    Alys, La Aguadora
    Marzo 2006
    Extracto de Albiria, el reino de los cuentos sin fin, el reino que soñé siendo niña, y que les regalo a mis hijos, para que dispongan y disfruten de él.
     
     
    March 06

    Mi segundero

     
    Se  rompió el reloj que me habías regalado. Se rompió en el primer minuto en que lo llevé puesto.
    Tardé en darme cuenta de la rotura, porque solamente se le quebró el segundero, como cansado de andar su camino de saltos continuos y, en apariencia, el reloj  funcionaba.
    Pero era sólo en apariencia, como  esas relaciones en las que dos van a tomar el vermút del domingo juntos, para que los vea el barrio, pero no son una pareja de salida, sino dos que salen para no estar juntos a solas, y cada uno pide un periódico diferente para no tener que escuchar que no tienen de qué hablarse.
    El reloj marcaba minutos y horas, pero no eran los nuestros. Los nuestros se habían esculpido a ritmo de segundero, como un baile bien acompasado, uno de esos bailes que nunca llegamos a bailar juntos. Y esos, esos fueron los que dejó de marcar el segundero.
    Me prometiste otros relojes, hablamos de otros relojes, te pedí incluso alguno ex profeso. Pero nunca llegaron. Ni ese reloj imaginario, ni el arreglo del segundero.
    Medía tan sólo un cm de largo, y apenas un par de milímetros de estrecho, y a cualquiera no le parecía gran cosa. A ti mismo, nunca te parecieron importantes mis quejas sobre el segundero.
    El segundero fue el clavo por el que se perdió el reino. Nunca entendiste lo importante que era ese reloj para mí, y ahora los dos penamos por haber perdido un reino.
    Duelen más los sueños perdidos que las realidades tristes encontradas. Lo aprendí muy de niña, promesa tras promesa incumplida de mis padres.
    Amé a los Reyes Magos sobre todas las cosas no porque pensase que existían, sino porque justamente sabía que no existían. Me lo había contado mi padre de una forma cruel un cinco de enero.
    Se terminó esa fiesta para mí para siempre...hasta que tuve edad de volver a creer en los Reyes...los de mentira, y por eso los auténticos.
    Aprendí a creer en ellos soñando con la madre que algún día sería.
    Hasta que me volvieron a fallar, claro.
    Y me han fallado como fallan los adultos...rompiendo un segundero.
    Me hicieron creer que me habían concedido mi sueño, mi único gran y verdadero sueño...tan sólo para estallármalo en las narices y darme un verdadero regalo de adultos: aprender que nada es rosa salvo que lo hayamos pintado nosotros comprando la pintura en el especial primavera redecore su casa de Leroy Merlin. Ese es el  único mago que queda en activo en la actualidad, y no deja de ser interesante que haya fichado para una multinacional del bricolaje: do it yourself, es su lema. Si quieres algo, háztelo tú.
    Y deja de gastar papel enviando cartas a los Reyes Magos. Ya mueren suficientes flores por San Valentín, no arranques además árboles para escribir cartas tan inútiles como los segunderos en los relojes.
    Sin embargo...
    lo que daría por tener de nuevo mi reloj funcionando.
    Daría un Rey entero y todas las flores que ya no tendré.
    Cualquier cosa por poder poner marcha atrás ese segundero, y volver a hablar y reir con o sin vermut, fingiendo que las horas no pasan, y que no hay reloj que las marque.
    Daría casi cualquier cosa por poder creer otra vez en los Reyes Magos, en ti, y en la magia capaz de poder congelar el tiempo.
     
    Aguadora, un segundo cualquiera
     
     
    February 17

    La Nancy de tus sueños

     
    Durante años había visitado puntualmente aquel escaparate cada navidad. Estaba lleno de muñecas, muñecas preciosas y vistosas, mejor ataviadas que nadie que ella hubiera conocido. No eran princesas con tules y caballeros, eran muñecas vestidas con trajes que ninguna de sus madres o parientes hubiera lucido y, por eso mismo, se le antojaban de otro mundo. Un mundo de fantasía al que ella no pertenecía.
    Jamás le habían regalado una de esas muñecas.
    Tampoco la había pedido. Le daba verguenza.
    Su deseo secreto e incofesable de tener una de ellas provenía de que era la muñeca que había tenido su amiga Sonia. La única vez que la habían dejado ir a jugar a casa de ella, había conocido a la muñeca: una Nancy de larga melena castaña y un vestido azul y blando con mucho vuelo. Sonia trataba a la muñeca como si de una gran dama se tratase, y a ella le había parecido eso mismo: una gran dama escapada de otra dimensión.
    Cuando había sido la hora de merendar, la madre de su amiga les había traido un plato con diversos bocaditos al cuarto de juegos. Madre e hija habían bromeado, y la señora hasta había intentado hacerle cosquillas a ella, que no sabía lo que eran: su madre nunca se hubiera permitido tamaña familiaridad.
    Cuando terminó ese día, Ana se llevó con ella la sensación de que existía un mundo más allá de su mundo: un mundo donde las Nancys eran señoras, donde las mamás eran simpáticas y cariñosas, donde se podía merendar fuera de la cocina, y donde existía un cuarto de juegos para soñar.
    Jamás dejó de envidiar a Sonia por ello.
    Y a las Nancys.
    Su madre las odiaba, decían que eran muñecas tontas que había que vestir una y otra vez, y por eso mismo cada año los Reyes le regalaban muchas cosas, casi todas las que no había pedido y, sobre todo, no le habían regalado su Nancy.
    La Nancy que nunca pidió se convirtió en un icono de su infancia.
     
    De mayor, viviendo ya sola, se compró muñecas. De porcelana, de adorno, de colección, tipo Barbie, tipo Mariquita Pérez...pero nunca se había atrevido a comprarse una Nancy para sí misma. Aún le daba cierto tipo de verguenza.
     
    Una navidad más, una más triste que otras, en el escaparate de la tienda descubrió un letrero:
     
    LIQUIDACIÓN POR JUBILACIÓN
     
    Un nudo le atenazó la garganta. El mismo nudo que se le formaba cuando veía a sus amiguitas abrazar a su madre a la salida del colegio. La suya no quería abrazos ni besos, decía que eso eran blandenguerías.
    Y siguió pensando que era una blandenguería desear una de aquellas Nancys, pero ante ese letrero no se pudo contener: entró y se compró una, la del vestido más vaporoso y espectacular.
     
    Disimuló en la tienda, hablando de una sobrina imaginaria a la que le iba a regalar la muñeca, porque le seguía dando verguenza desearla.
    Salió con ella bajo el brazo, con la mirada huidiza de quien acaba de robar algo en un centro comercial.
    Llegó a casa y dejó el paquete sobre la mesa del salón, sin atreverse a abrirlo.
    De alguna forma, no la sentía suya. De alguna forma, no era la Nancy que había deseado con tanto énfasis.
    Ella hubiera querido que alguien se la hubiera regalado en unos reyes, sorprendiéndola como si le hubiese leído el pensamiento y volviendo su fe infantil al momento en que aún creía en la magia de los reyes magos y su capacidad de leerle el pensamiento.
    Pero los años habían pasado y ya con canas en la frente nadie había rescatado a su Nancy de aquel escaparate como sarcófago con luz.
    Ella lo había hecho finalmente, pero no se atrevía a abrir el paquete. Aún no lo sentía suyo, aunque lo hubiese pagado con su VISA. E incluso, cuando ojeaba a la muñeca a hurtadillas, le parecía hasta fea, no la maravilla de muñeca encantada con la que había soñado durante décadas.
    Llegó el cargo a la tarjeta y ella aún no la había desempaquetado.
    Lo hizo el día de San Valentín.
    Sin saber por qué, le pareció adecuado celebrarlo con ella.
    Montó una mesa para dos, con velas, vino, rosas y un menú digno de aquellas meriendas en casa de Sonia.
    Buscó a Sonia en la guía telefónica.
    No hablaba con ella hacía treinta años.
    La encontró.
    Con manos temblorosas marcó el número y esperó respuesta. Una voz infantil respondió y le dijo que su mami se pondría enseguida. No le sorprendió la escena. Siempre había imaginado a Sonia rodeada de una familia digna de Nancy, Lucas, Leslie y todas las Barriguitas juntas.
    Sonia atendió finalmente al teléfono.
    Se identificó como Ana, antigua compañera de estudios durante los primeros años de Primaria.
    Sonia no la reconoció.
    Le dio datos, le comentó escenas comunes compartidas, pero fue en vano...Sonia sonaba mitad indignada ante la posibilidad de que se tratase de una broma, mitad irritada porque la estaban interrumpiendo en horario de cenas.
    Daba igual.
    Se disculpó por el error, y, con el sonido de la voz de Sonia, tan familiar para ella porque llevaba años escuchándola en su propia cabeza, salió a la calle a beberse algo doble, con la Nancy en su caja bajo el brazo.
     
    En el  bar entró una inmigrante vendiendo dvds piratas. Era oscura, con una niña de corta edad y ojos largos a su lado.
    Le pidió los cds que llevaba, para echarles un ojo sin ganas. Y mientras lo hacía se topó de frente con la mirada de la niña.
    Tuvo un impulso y le enseñó su muñeca. A la niña se le iluminaron los ojos.
    Y reconoció aquella mirada:era la suya cuando veía a Sonia abrazar a su madre. A la niña la muñeca le resultaba bonita, sin duda.
    -- ¿Te gusta? -- le preguntó.
    -- Sí. Parece una princesa -- respondió la niña.
    Ana miró a la muñeca. A ella ya no le parecía una princesa, ni siquiera le parecía mágica. Era sólo una antiqualla en su vida, algo sin sentido, como su recuerdo de amistad con Sonia.
    -- Quédatela, preciosa. Le encantará tener una mamá como tú.
     
    Y le compró a su madre diez dvds que no le gustaban, al tiempo que lamentaba el dinero que había invertido en una Nancy que ya había perdido su magia para ella.
    Desde la puerta del bar, antes de salir, la niña se volvió para despedirla con la mano.
    A la vez, le habló a su nueva muñeca:
    -- Vamos a ser muy felices juntas -- le dijo-- Yo te cuidaré.
     
    Y mientras Ana se quedaba llorando sobre su segundo whisky, pensaba que la niña había entendido lo que ella no había sabido leer todos esos años: la verdara magia de la muñeca.
     
    La Aguadora, feb 2006
     
     
     
    November 30

    Guirnaldas en el nuevo adviento

     

    Me voy a hacer un bastón con una trenza de la luna...

    Así cuando cojee al mundo sentiré que piso entre estrellas y que mi cuerpo dolorido puede parir soles y  planetas.

    Me voy a hacer un vendaje con una cinta del pelo del hada de la noche...

    Así las noches de insomnio serán danzas entre hogueras y risas y música y horas robadas a la mañana, no perdidas en la madrugada.

    Me voy a hacer a fabricar pastillas con los copos de las primeras nieves...

    Así enfriaré dolores viejos y hornearé galletas de esperanza con sabor a navidad y acebo.
     
    Navidad 2005
    La aguadora

    Fea de primero a postre

     
    (...)Continúa del anterior.
     
    Diez días después de aquella mañana, volví a buscar a la mujer fea.
    Menuda sorpresa me llevé.
    Tuve que seguirla un tramo desde el autobús para asegurarme de que era ella. Sí, sin duda. Entró en la misma empresa de limpieza que la vez anterior, la misma cuyo logo lucía en el uniforme lleno de manchas de talla informe, como ella misma.
    Porque, mi fea, continuaba siendo fea.
    Es más, estaba aún más fea, si cabe, como si se hubiera esmerado en su propia horripilancia.
    No lo entendía. Mi varita funcionaba, la había utilizado en estos días y su magia era la de siempre. ¿Me habría equivocado yo en algo? ¿Tal vez mi propia depresión había afectado a los resultados del conjuro? Si yo también me encontraba mucho mejor, desde el encuentro de aquel día, cuando la fea y su fealdad me habían puesto en mi lugar de hada lloriqueante y sin derecho a baja por incapacidad mágica temporal.
    La esperé hasta que salió de su trabajo, dispuesta a investigar aquel caso.
    Un rato después salía por la puerta de la empresa de limpieza, todavía vestida con su uniforme, color suciedad y arruga, y lo hacía con un móvil en la mano, que empezó a sonarle. Sonrió a la persona a la que respondió al otro lado, y supe sin ninguna duda que era un hombre la voz al otro lado. Un hombre que estaba salpicando de estrellas su sonrisa mitad desdentada mitad necesitada de una ortodoncia de urgencia.
     
    ¿Mi fea tenía novio?
    Mi cara de asombro podría haber sustituido al emoticón boquiabierto de cualquier messenger.
    Y tan deprisa como me descubrí con ese gesto, me avergoncé de él.
    ¿Y por qué no iba a tener novio? ¿Por qué no iba a tener alguien que la quisiera, que la admirase, que la viera toda en rosa laca de uñas? ¿Sólo porque era fea?
    Me miré en el escaparate de al lado, el mismo que ella había utilizado como espejo coqueto unos días antes, el día en que la había tocado con mi varita, y no me gustó lo que vi.
    No vi el pelo perfecto, cada rizo con su laca en su sitio; ni mis ojos grandes y bien maquillados, ni mi figura delgadita y bien vestida. Vi a una mujer con un gesto feo en su boca, un gesto mitad desprecio, mitad...¿envidia?
    ¿Aquella mujer fea que tenía a alguien enamorado que la llamada nada más salir del trabajo me provocaba envidia?
    Sí.
    Tuve que admitirlo mientras volvía a seguir a la mujer, esta vez hasta su casa. El trayecto fue largo, pero no sentí el frío de la mañana en mis mejillas enrojecidas por la verguenza. Tampoco volví a mirarr el arrobamiento de las suyas: me concentraba en la  punta de mis zapatos, caros y de tacón, brillantes y rosas, que había elegido aquella mañana de entre todos los míos en honor al color de sus uñas.
    Pero la continuaba escuchando a ratos. Sin duda, hablaba con su novio. Apenas se entendían frases enteras de la conversación, pero no era necesario para distinguir el amor en sus frases. Había amor en sus risas mitad infantiles, mitad coquetas. Había amor en sus silencios cuando su cuerpo se inclinaba sobre el móvil, como buscando el abrazo en el lado vacío de la compañía masculina hecha voz. Había amor en la forma despistada en que cruzaba los pasos de cebra, adivinando la vía libre más que fijándose en el tráfico, reconcentrada en su vida al teléfono. Había amor en la forma en que jugaba con su pelo con la mano libre, girando en el dedo un anillo que sin duda debía haberle regalado él.
    Mi fea era tan fea como la recordaba, pero emitía amor a la vez que olor a colonia de imitación de tiendas de chinos. Y a fe mía que el primero apagaba casi el tufo del segundo.
     
    En un cruce, casi la atropella un coche. Se rió de sí misma y le comentó algo sobre su despiste a la voz en su móvil.
    En el cruce siguiente, tiré de ella para impedir que un fiat amarillo que había confudido el barrio con el Jarama, la arrollase.
    Se giró y me lo agradeció con una sonrisa. Yo musité un: 'No ha sido nada', y me aparté intentando no llamar la atención, pero ella me detuvo.
    -- Por cierto, disculpa la franqueza, pero me encantan tus zapatos rosas.
    -- Gracias --y la mujer pudo al hada y respondí como si fuera una vecina mía, añadiendo: Los compré a muy precio en...
    --No te molestes --me interrumpió-- A mí nunca me quedarían bien, no tengo tus pies ni tu tipo, no me los compraría nunca. Pero a veces es bonito admirar las cosas, aunque no las vayamos a tener nunca, ¿no te pasa?
    Empezaba a odiarla. Joe. Encima era simpática. Y franca. Y consciente de su propia fealdad.
    Yo nunca me había sentido consciente en todos estos años de mi propia belleza. Nunca me había probado unos zapatos sintiendo por adelantado que me quedarían de vicio, que realzarían mis piernas, que habían sido creados para mí.
    Farfullé un 'Tengo que irme', y me alejé para verla entrar en su portal a distancia.
     
    Esa noche fui a visitarla.
    Interrumpí una cena romántica con su chico. Nada más abrirme la puerta quedó a la vista una micromesa adornada con velas, un mantel horroroso y una botella de vino. Desde la silla ocupada, un chico joven e increíblemente atractivo la seguía con la mirada, mientras ella me abría la puerta vestida con una bata de estar por casa de color rojizo y unas zapatillas con conejitos rosas como adorno.
    Miré la escena, que me hubiera provocado risa apenas unos días antes, y sólo pude sentir ternura. Hasta el mantel horroroso me recordaba a uno que había visto muchas veces en casa de una tía abuela mía, allá en una infancia que sentía tan lejana como infeliz.
    Le entregué mi varita envuelta en papel de regalo y le dije:
    -- Feliz Navidad. No preguntes...sólo abre el paquete y él mismo te lo explicará. -- Y me giré rápidamente temiendo que ella rechazara mi presencia y mi regalo.
    En el portal me esperaba mi hada tutora.
    -- ¿Por fin has decidido pedir la baja permanente?¿Renuncias como hada?  --me preguntó.
    -- Pues no.No pensaba renunciar.
    -- ¿Y cómo vas a seguir ejerciendo de hada sin tu varita? Acabas de regalarla.
    -- La he tenido todos estos años y no me he sentido feliz. Tal vez si ahora no tengo tan fáciles las cosas, todo sea más sencillo. Y más divertido.
    Y por primera vez en todos los años que hacía que la conocía, supe que mi tutora se sentía realmente orgullosa de mí.
    La vi subir escaleras arriba, en busca de su nueva pupila, y me sorprendí pensando que con ella tendría una mejor alumna de lo que yo había sido durante ese tiempo...y no sintiendo envidia por ello.
     
    La Aguadora, Nov 2005
    November 18

    La mujer fea antes de desayunar

     

    La mujer era tan fea, tan fea,que la tuve que mirar varias veces para asegurarme de que era real.

    Yo no me había levantado de buen pie esa mañana, y la verdad es que podría tratarse de un efecto óptico y no de una visión auténtica.

    Pero no, ella seguía allí, frente a mí, casi rodilla contra rodilla en aquel autobús mañanero de largo recorrido.

    No sé a dónde iba ella, pero sí sabía a dónde me dirigía yo.

    Aquella mañana muy tempranito había embalado los restos de mi esperanza con papel reutilizado de la panadería de la esquina, protegiendo las delicadas puntas de la estrella de mi varita rosa.

    Iba a devolverla.

    A un hada sólo le funciona su varita si su fe en la magia la activa. Y yo llevaba semanas con la mía perdida.

    Se había ido desdibujando, poco a poco, como el día se convierte en noche de forma tan sutil que nos sorprende de pronto la negrura de la oscuridad que ha ido filtrándose en nuestros ojos con la suavidad con que el sueño nos acaricia antes de abrazarnos.

    Mi sueño tampoco me acariciaba desde hacía tiempo.

    Un hada insomne no tiene buenas mañanas, y sin buenas mañanas no es fácil hacer magia.

    A mí ya no me salía, de hecho. Ni por la mañana, ni al mediodía, ni siquiera con la luz malva y  llena de energía de las magias realizadas por las demás compañeras hadas a lo largo del día con que el sol se adorna en salto de cama cada atardecer.

    Así que, aquella mañana, yo iba a devolver mi varita. Hasta su color, entre rosa algodón de azúcar y rosa carita de niña recién nacida, me resultaba tan empalagoso que no lo soportaba.

    Era un hada deprimida, e iba a pedir la baja laboral por incapacidad para ejercer la magia.

    La mujer fea sentada enfrente de mí absorbía tanto mi atención que consiguió que me olvidara de mi tristura.

    Tenía tanto exceso de vello que hubiera podido trabajar como mujer barbuda, aunque el uniforme que se veía en su bolso, manchado y ajado, era de empleada de la limpieza de una conocida empresa local. El bigote oscuro le daba un aire tan masculino como el entrecejo poblado y los mechones que se le escapaban bajo la bocamanga.

    Le sobraba pecho, y le caía de tal forma que parecían dos bolsos más, unidos al que llevaba sobre el regazo,de color indefinido, como su atuendo, mitad chándal mitad ropa de lana.

    El pelo lo llevaba mal teñido, con el resultado de una mezcolanza ausente de color, y sucio a trozos.

    La miraba y veía reflejada en ella mi propia tristeza, mi ausencia de ganas por la vida.

    Hasta que me fijé de nuevo en sus manos, cuando las desentralazó.

    Llevaba las uñas pintadas de rosa palo brillante.

    Mal pintadas, y con restos de la pintura alrededor del borde de la cutícula, pero pintadas.

    Así que volví a mirarla, buscando a la mujer coqueta que se pintaba las uñas antes de ponerse los guantes de fregar portales de otras una mañana laborable antes de las siete, bajo aquella apariencia de bulto informe.

    En ese preciso momento llegamos a su parada, y ella se bajó.

    No era mi parada de destino, pero la seguí.

    Y dos manzanas a la izquierda, la sorprendí mirándose en un escaparate de una tienda de bolsos y pashminas.

    Su imagen reflejada en aquel escaparate la rodeaba de algo de color, consiguiendo que pareciera no estar tan fuera de lugar en aquel escenario creado para gustar, justo lo contrario de su propia apariencia.

    Se arregló, con un gesto torpe pero sin duda coqueto de sus regordetas y gastadas manos, un par de mechones del pelo, y se miró durante un par de segundos. Y se sonrió.

    Comprendí que aquella mujer de aspecto lamentable, con la que me había identificado en mi propia amargura unas paradas antes, se gustaba.

    Y se veía a sí misma en aquel cristal, alguien a quien le sentaba de miedo la laca de uñas rosa, y no aquella otra mujer fea que veíamos los demás.

    Busqué mi varita dentro de mi bolso.

    La saqué apenas un palmo, y fingí tropezarme con la mujer fea. Me alejé de ella farfullando una disculpa, pero sabiendo que había habido contacto entre la estrella de mi varita y una de sus manos.

    Sería suficiente.

    Conocía la fuerza  de mi magia. Pero, sobre todo, notaba la fuerza de la magia que ella tenía dentro. Mi varita, de pronto útil de nuevo, sólo iba a funcionar como catalizador.

    En unos días, empezaría a notar la mujer los cambios, lentamente, como siempre hacía efecto la magia. Lentamente como la vida se abre paso siempre.

    Me prometí a mí misma volver al autobús en esa ruta y a esa hora, en unas semanas, para alegrarme de comprobar los efectos de la magia en esa mujer sólo aparentemente fea. Y, tal vez, para darle las gracias.

    Ya no era un hada de baja.

    Sólo era un hada que se sentía algo tonta por haber creído que la vida también podía ser tan fea que no mereciera la pena pintarse las uñas alguna mañana.

    Entré en la primera perfumería que vi a comprarme la laca más llamativa que vendieran, para pintar las puntas de mi estrella a juego con mis manos.
     
    La Aguadora, Nov 2005
    September 16

    Lázaro en su puzzle

     

    Lázaro había heredado su nombre y su puzzle de su bisabuelo.

    Le había compartido durante pocos años, murió cuando él empezaba al colegio, pero en sus recuerdos de infancia ocupaba un lugar preferente.

    El bisabuelo parecía tan viejo que cuando le contaba historias de la guerra, Lázaro siempre había pensado que se refería a la Reconquista, cuando los Reyes Católicos, los moros y todo eso, porque el abuelo hablaba de tropas africanas y de cómo un sargento moro le había salvado una vez la vida repartiendo su comida con él, a saber: un chusco de pan duro y dos 'onces' (decía el abuelo) de chocolate negro.

    Tuvieron que pasar muchos años y un par de planes de reforma educativa para que le tocara a Lázaro aprender lo suficiente sobre Historia de España como para distinguir la Reconquista de la Guerra Civil, que era la que su abuelo le contaba cada tarde, después de ver las noticias en la tele y empezar a liar a mano su Celta sin filtro, partido en dos para que durase más el paquete y la abuela protestara menos.

    El puzzle que le había dejado en herencia el abuelo era un paisaje oscuro y extraño, sin duda irreal, fruto de la imaginación del autor.

    El abuelo lo solía hacer muchas noches, al atardecer, como una especie de ritual. Lo terminaba, se lo enseñaba a Lázaro durante unos segundos y, de un solo manotazo, lo deshacía, volviendo a colocar las piezas en su caja de madera, astillada por una esquina y con la pegatina levantada.

    --¿Qué es, abuelo? --le había preguntado en más de una ocasión el niño.

    -- No lo sé. Se lo había comprado como regalo un compañero mío a su novia pero, ese mismo día, ella se fue con otro. Mi amigo tiró la caja a la basura, enfadado, y yo la recuperé. Me llamó la atención la imagen de la caja. Siempre he pensado que me gustaría poder jubilarme algún día en su sitio como ese. Se debe estar en paz en un sitio así.

    Al niño le parecía una cabaña más bien lúgubre sobre un fondo animado por extrañas pinceladas de colores mezclados durante alguna noche de insomnio, pero como a su abuelo le gustaba, le parecía un lugar mágico. Sin duda, cuando creciese, comprendería lo que representaba aquella imagen para su bisabuelo, se decía a sí mismo el Lázaro más joven.

    El día en que al abuelo le diagnosticaron un cáncer de esófago, regresó a casa a mediodía y se puso a montar el puzzle.

    En ese momento Lázaro comprendió de alguna forma con su mente infantil e infinitamente poderosa que era la última vez que su abuelo colocaba las piezas en su orden y que no volvería a compartir con él atardecer alguno.

    Lázaro, el mayor, terminó su puzzle, llamó a su nieto para enseñárselo, como cada vez, le dio un gran abrazo y le dijo:

    -- Coloca tú de nuevo las piezas en la caja. Cuídalo. Ahora es tuyo. Me voy a dar un paseo.

    El abuelo no regresaría de ese paseo. Durante los días siguientes todo fue un poco locura alrededor de Lázaro, el único que quedaba. Se fue a dormir un par de noches a casa de una vecina amable, en el colegio le miraban las profesoras y susurraban algo entre ellas. Susurraban lo mismo que había conseguido escuchar a hurtadillas: algo sobre el abuelo, una enfermedad y un acantilado.

    Lázaro no preguntó por él. En su interior, sentía que el abuelo estaba por fin en la cabaña junto al mar que él tenía ahora en su caja de madera llena de piezas troqueladas.

    A pesar de imaginárselo feliz, su recuerdo le resultaba demasiado doloroso como para atreverse a abrir la caja e intentar construir el puzzle.

    Lo hizo al fin en su adolescencia. Lázaro ganó un concurso de pintura, con un paisaje que le recordaba lejanamente al que recordaba estaba pintado en la caja del puzzle.

    Esa noche, para celebrar el triunfo, decidió construir el puzzle.

    Le costó unas horas y una gran frustación montarlo. Al filo de las tres de la madrugada tuvo que rendirse a la evidencia: faltaba una pieza.

    Lázaro lloró ese día por su abuelo muerto. Lloró porque nunca más podría contemplar el puzzle completo, porque sentía que le había fallado a su bisabuelo al haber perdido esa pieza, porque ya era demasiado mayor para creerse que el abuelo estaba feliz en alguna cabaña como aquella, porque no tenía con quién compartir su premio ya que en su casa consideraban una tontería eso de andar llenando de garabatos los lienzos en vez de hacerse ingeniero como el primo Héctor...lloró porque se convertía en adulto y se daba cuenta y no quería.

    A lo largo de los años siguientes, Lázaro no lloró más.

    Cuando se sentía triste montaba el puzzle, contemplaba el hueco vacío y se inspiraba en él para llenarlo de colores, paisajes, cuadros y cuadros sin fin que surgían de su imaginación a borbotones.

    Pero Lázaro no dejó de buscar la pieza que faltaba.

    La primera vez que hizo el amor con una mujer, la invitó a montar el puzzle al terminar.

    Cuando nació su primer hijo, se llevó el puzzle al hospital para construirlo con el bebé en brazos.

    En la primera comunión de sus gemelos, les regaló una réplica del puzzle, en madera, con la pieza que faltaba incluida...pero que él se negaba a suplir con ninguna de pega.

    Al divorciarse, sólo se llevó de su casa sus pinceles, paletas...y la caja con el puzzle.

    Exposición tras exposición, premio tras premio, Lázaro llenaba una y otra vez el vacío de su pieza. Empezó a utilizar lienzos con forma de pieza de puzzle, y durante unos años se convirtió incluso en un referente cultural en ambientes elitistas. Una prestigiosa firma de diseño le compró la idea por una bonita cantidad y sus piezas de puzzles vacías se convirtieron en colgantes, llaveros, pendientes, y Lázaro pudo construirse una cabaña tal como la de su paisaje, al lado de su mar preferido, donde construir su puzzle una y otra vez y pensar en lo mucho que le hubiera gustado aquel sitio a su abuelo.

    Lázaro llenó el mundo de otros de piezas de puzzles...pero ninguna era la suya.

    Cuando había pasado ya con creces la edad de su abuelo le diagnosticaron un cáncer de esófago. Lázaro nunca había fumado, pero no le sorprendió el diagnóstico, sintió que era la forma en que debía irse, que era justo.

    Esa noche se fue a su propio acantilado, con su caja de madera. Montó el puzzle, y le dijo al viento, por si podía enviarle el mensaje a su abuelo:

    -- Siento haber perdido la pieza, abuelo. Lamento no haberte cumplido.

    Una voz le contestó, como un secreto susurrado al viento:

    -- La pieza nunca estuvo. La retiré yo antes de darte la caja.

    Y esas fueron las últimas palabras que Lázaro escuchó mientras caía y recibía el abrazo del mar, que no le supo húmedo y frío, sino tierno y protector, igual que los de bisabuelo.

    Le enterraron con una sonrisa. Era el ahogado más plácido que nunca habían rescatado los dos socorristas que se lo entregaron a la familia.

    Precisamente, uno de ellos fue el que se encontró el puzzle, perfectamente montado, junto a las rocas. Le pareció un regalo precioso para su novia, que ese día cumplía años y era fan de las famosas piezas huecas de puzzle de Lázaro.

    August 30

    La pierna de otra

     

    Aquella rodilla dolía tanto que no parecía humana.

    De hecho, hacía varios años que Nieves había empezado a odiar toda su pierna doliente, hasta el punto en que no la sentía suya.

    La fuerza del odio que sentía hacia ella la había dotado de personalidad propia: aquella pierna no era parte de su anatomía, era algo ajeno, un invasor en su cuerpo otrora suyo.

    El dolor era una invasión constante en su intimidad. No podía disponer de su propia vida con libertad, porque cualquier plan podía quedar truncado de pronto por ese dolor agudo que la inmovilizaba.

    Y el enfado por sentirse cada vez más inútil, más dependiente de la ayuda ajena y del capricho de esa pierna que se había convertido en su enemiga, aumentaba en Nieves. Apenas ya sonreía como antes. Su ceño empezaba a acusar en reposo las arrugas propias del mal humor que la adornaba permanentemente y algunas canas no invitadas a la fiesta que siempre había sido su melena, empezaban a recordarle que la rigidez no es buena ni como tinte.

    Ella se veía cambiar, y se odiaba también por ello.

    Pero continuaba odiando mucho más aún a su pierna.

    Al principio había pasado por todo un circo de médicos, sin resultado positivo alguno más allá de algunos calmantes de nombres o colores variados.

    En la mitad, había combinado etapas en que no se medicaba en absoluto, con otras en que tomaba todo lo que le habían recetado, elevado al cuadrado.

    Ahora, cumplía con la medicación prescrita, pero con la misma desgana con que uno se lava cada día detrás de las orejas: suponiendo con certeza que en realidad están limpias, pero incapaz de romper esa rutina, temiendo descubrir un día que la suciedad había hecho acto de presencia, señalándola a una como culpable por dejadez.

    La última ronda por diferentes especialistas había aportado varios resultados combinados y complementarios: fibromialgia, hiperlaxitud, pinzamiento permanente del nervio ciático, una tendinitis crónica en la rodilla, un esguince doble sin curar en el tobillo, pero todos los diagnósticos no suponían principio de solución alguno. Se podía combatir el dolor, pero no vencerle.

    La depresión se había intentado instalar también en su cuerpo, pero Nieves no estaba dispuesta a tolerar más inquilinos en precario en su organismo. La combatió con ganas, encontrando placer en vencer en parte al menos a este enemigo.

    Se obligó a salir más, a pesar de lo que le costaba moverse, a empezar actividades nuevas, para llenar todo el tiempo demasiado libre que le dejaba su incapacidad laboral.

    Empezó a pintar, y descubrió que la distraía bastante de su dolor. Pero cuando llevaba unos meses practicando su nueva afición, una nueva tendinitis en el hombro derecho unida a una inflamación extraña en ambas muñecas, la obligó a abandonar los pinceles un rato.

    Entonces, se dedicó a visitar museos y galerías de arte. De forma metódica, se pasaba las tardes de una en otro cruzando su ciudad, fingiendo que tenía algo que hacer, algo importante que la mantuviese alejada por unas horas de la prisión de su cama y del dolor que volvería, con mayor virulencia, en cuanto se tumbase a reposar al regreso de cada salida, como bien sabía.

    Por muchas obras que descubriese cada día, una continuaba siendo su favorita, como desde que la contemplase por primera vez allá en su adolescencia: el Guernica.

    La primera vez que lo había visto, en el Caserón al lado del Prado, se había quedado pegada al suelo, incapaz de moverse. De todo el cuadro, su imagen favorita era la de la mujer de la esquina inferior izquierda, la que no podía escapar de la pintura por culpa de esa rodilla imposible que parecía una lápida funeraria más que una parte humana.

    Recordaba que la primera vez que la primera vez que la había visto había sentido tan real la angustia de la mujer atrapada por el bombardeo, que había querido gritarle: ¡huye, córtatela y huye!

    Durante años, una imagen recurrente en sus pesadillas era la de no poder escapar de una catástrofe porque sus pies quedaban atrapados en cemento húmedo, o porque parecían clavados al suelo, o atados con cordones de tendones propios que se entrecruzaban en una maraña contra la que no podía luchar y que terminaba por asustarla tanto que despertaba gritando.

    Y ahora, de adulta, sentía que una parte de sus miedos infantiles se había convertido realidad, y tenía que vivir con una pierna que no era un miembro útil de su persona, sino un ancla que le impedía avanzar en su singladura vital.

    Nieves le hablaba a su pierna, amenazándola, intentando que dejara de amargarle la vida de una vez, que la liberara en algún momento de su tormento diario.

    En sus fantasías más delirantes, cuando buscaba un sueño que no llegaba entre sus calmantes y el alcohol con el que había empezado a tomárselas para aumentar su efecto, veía a su rodilla inflamada con un rostro propio, un rostro que era mitad humano mitad animal, con una boca llena de dientes que se clavaban en su carne y unos ojos sin piedad ni sentimiento.

    Ese verano, sin embargo, la naturaleza le regaló a Nieves un par de meses buenos. No sabía si era por pura casualidad, por el calor que le proporcionaban los baños de sol, por el efecto de los masajes del último fisioterapeuta al que estaba visitando...su rodilla empezó a sólo molestar en ocasiones, no a doler de continuo.

    Y durante esas vacaciones de sí misma, Nieves volvió a sentirse la de antes. Se tiñó el pelo, ocultando sus últimas canas; viajó, bailó, llamó a amigos que ya habían cambiado de móvil desde la última vez que les había buscado...

    Nieves se sintió revivir, disfrutando de un romance de verano con su nueva rodilla, cuyo rostro empezaba a antojársele más amable, casi apacible.

    Pero el otoño regresó...

    y, esta vez, Nieves no estaba preparada.

    No había creido que volverían los dolores, la inutilidad, el sentirse impedida incluso para arrastrar su monótona cotidianeidad.

    Y su odio creció de forma tan exponencial que ella misma se asustaba de su virulencia.

    Un día se cortó en la rodilla, y no se curó el corte. Se sorprendió disfrutando de aumentar el corte con sus dedos, forzando un sangrado mayor, sintiéndose superior en la búsqueda de un castigo a su maltrecha rodilla.

    Al día siguiente, se cortó otra vez, pero no por azar. Lo hizo ella, calculando premeditamente un dolor que, al menos, decidía ella.

    Durante la semana siguiente, se clavó bolígrafos, tenedores, algún cuchillo. Se ató hasta hacerse sangre, empezó a arrancarse pelitos con las pinzas hasta llegar a la carne. Se frotaba después las heridas en la ducha con guante de crin, obligándolas a sangrar de nuevo, negándoles la curación que ella tampoco tendría.

    Un fin de semana, ni siquiera pudo salir de casa. La rodilla no le permitía avanzar hasta el ascensor de la escalera comunitaria.

    No quiso telefonear a nadie pidiendo ayuda.

    Se quedó encerrada el tiempo en que le duró la comida y, cuando se le terminó, buscó la caja de herramientas que tenía en la habitación de al lado.

    Una hora después ingresaba en urgencias.

    Un vecino había escuchado el ruido y los gritos, y había llamado a 112 preocupado.

    Los servicios de urgencias la encontraron tirada en el suelo de su dormitorio, intentando amputarse con la amoladora eléctrica su pierna, justo por encima de la rodilla.

     
    La Aguadora, Agosto 2005
    July 22

    La arena infinita

    El reloj de arena era mi enemigo más cruel.

    Siempre parecía burlarse de mi. La arena caía, caía...y a mí en vez de marcarme el paso, me comía el tiempo.

    Contemplaba la arena caer, sin pausa, pero con mucha prisa, con demasiada prisa. Tanta que a mí se me atragantaba la respiración y terminaba por sentir que se me nublaba un tanto la vista, fija en el chorro de arena malva que se deslizaba entre el huso de crista...hasta que recordaba que debía volver a tomar aire.

    Desde que me habían regalado aquel instrumento de tortura, había dejado de escribir.

    Yo nunca había tenido un reloj de arena.

    De hecho, nunca había tenido un reloj. En mi ciudad los habían prohibido un par de siglos antes: fue la única solución que encontraron a un mal que estaba contagiando a todas las demás regiones, lo llamaban Incomunicación.

    Pero como la vida se deslizaba para nosotros suave y casi melodiosamente, entre músicas y miradas al cielo para calcular las horas de las comidas, se habían empezado a introducir como moda esos artilugios, rescatados de algún catálogo antiguo.

    Así que por mi trigésimo segundo cumpleaños, mis amigas me habían regalado uno, que era el regalo más fashion del momento.

    Llegué a casa desde la fiesta, pasando de la cena al desayuno sin más transición que para cambiarme de ropa tras la ducha, y lo puse en funcionamiento:

    reloj de arena bocabajo...y yo mirando caer los granos.

    Y cuando me había dado cuenta, había perdido el autobús. Era la primera vez que perdía en la vida el autobús para ir a la oficina.

    A partir de entonces, empecé a llegar tarde a todas partes. Ya no me daba tiempo a cocinar, se me quemaban las lentejas, la plancha se dormía sobre las blusas, los autobuses parecían haber alterado su ritmo porque yo nunca llegaba a tiempo a ellos...

    ¡cuanto más me esforzaba en medir mis días con el ritmo de la caída de la arena...menos me cundían mis horas!

    Hacía dos meses que lo tenía en mi mesa, y yo tenía ojeras, no había vuelto a conseguir escribir un artículo y mi pelo parecía muerto y gris...¡claro, no me daba tiempo a aclararlo mientras caía la arena desde la parte superior a la inferior!

    Desesperada, pedí ayuda a mi amiga más polipija, la que siempre tenía la solución para todo.

    Le pregunté que a dónde podría llevar a reciclar el reloj que me habían regalado, y chilló tanto al escuchar mis pretensiones, que se presentó en casa sin haberse siquiera retocado el rimmel antes de lo que se tarda en contarlo.

    La llevé ante el cuerpo del delito: mi reloj sobre la mesa del despacho.

    Lo tomé entre mis manos, lo volqué y lo volví a dejar, mientras me concentraba en su chorro de color cambiante. Le dije:

    -- ¿Ves lo que te decía? Va tan deprisa...¡intenta ahora guisar unas lentejas mientras aún cae el chorro!

    Y mientras le explicaba mis cuitas, el chorro de arena ya moría, dejando caer, más lánguidamente, los últimos granos al fondo.

    Mi amiga me miró, sin apenas hacerle caso al aparatito diabólico, intentando disimular la mueca horrorizada que le inspiraba mi despeinado, tomó el reloj de arena, lo giró ciento ochenta grados, y volvió a dejarlo en su lugar.

    -- ¿No habías probado a darle la vuelta? -- me preguntó-- De todas formas, a mano es algo cansado, teníamos que haber comprado también el girarenas automático de tres velocidades que venden para este modelo, pero es que se había terminado en la misma gama de colores. Mañana me paso por la tienda y te encargo uno. Bueno, y de paso, te pido hora en mi peluquería, que queda enfrente...

     
     
    María Jl 2005
     
    (Para Glú, sin Aguacerezas ni personas sin nombre, agradeciéndole sus críticas, sobre todo las negativas)

    July 21

    El otro lado

     
    La Caminante siempre había llevado encima un pequeño juego de bolas magnéticas y unas varillas imantadas.
    En los altos del camino, en las esperas, ella sacaba su bolsita con el juego, y se entretenía creando formas posibles e imposibles.
     
    Una tarde la Caminante llegó al fin del mundo.
     
    -- No se puede seguir -- la informó el guarda del puesto fronterizo -- No hay camino. Se termina aquí. No hay forma de cruzar.
     
    Y señaló hacia el desfiladero cuyo fondo se perdía entre la neblina.
    Se intuía el otro lado, pero no se llegaba a percibir con nitidez.
     
    -- Si no hay nada más al otro lado -- inquirió la Caminante-- ¿para qué sirve este puesto fronterizo?
     
    -- Lo ignoro. --respondió el soldado -- Yo sólo soy un funcionario. Tengo destino aquí por tres meses más, luego regresaré a la capital. Y por lo que yo he sé...siempre ha existido este puesto de guardia.
     
    -- Pues yo quiero pasar al otro lado -- insistió la Caminante.
     
    -- No se me ocurre cómo -- le replicó el funcionario, tan impasible como uno esperaría de él.
     
    -- Tal vez a mí sí se me ocurra.
     
    Y la Caminante sacó su juego de bolas y varillas, y estuvo probando combinaciones durante un rato.
     
    Volvió al pueblo esa noche, y regresó a la mañana siguiente con algunos materiales y herramientas.
     
    Y empezó a trabajar en el borde del desfiladero.
     
    Tras varias semanas de trabajo, un puente empezaba a perfilarse sobre el vacío. Unos meses después, el puente conseguía casi tocar el otro lado, que ahora podían comprobar que sí existía.
     
    Finalmente, llegó el gran día.
     
    La Caminante pudo pasar al otro lado mientras, a este lado del puente, quedaban esperando todos los vecinos que había acudido a satisfacer la curiosidad de descubrir qué había más allá.
     
    Volvió a los pocos minutos.
     
    -- Cuenta, cuenta -- le pidieron todos, que la habían esperado expectantes-- ¿Qué hay al otro lado? ¿Una ciudad? ¿Una muralla? ¿Un pueblo? ¿Cómo son sus gentes?
     
    -- Nada. Al otro lado no hay nada -- respondió la Caminante.
     
    -- ¿Nada? Claro, por eso no merecía la pena ir.
    -- Nada, por supuesto. Si es que todo lo interesante está aquí.
    -- Nada, ¿para qué iba nadie a querer cruzar? Por eso no había ningún puente...
    -- Para nada mejor no haberlo construido, menudo desperdicio de trabajo y materiales...
     
    -- Tal vez tengáis razón -- les respondió la Caminante a la masa decepcionada y protestona que la había acogido--. Tal vez lo mejor fuera deshacer el puente.
     
    Cogió unos alicates y empezó a desmontarlo...pero por el lado donde estaban ellos.
     
    -- ¿Qué haces, Caminante? -- la increparon -- ¿Te has vuelto loca? Estás desmontando el puente por el lado equivocado.
     
    -- Puede que los que siempre han estado en el lado equivocado seais vosotros.
     
    -- Pero...si desmantelas el puente, ¡te quedarás atrapada y sola al otro lado! -- le gritó el vigilante del puesto fronterizo -- ¿Y qué vas a hacer entonces?
     
    -- Construir -- respondió la Caminante -- Lo mismo que he hecho toda mi vida.
     
     
    La Aguadora, jl 2005
    July 20

    Desde mi cristal

     
    No me quiere, ya no me quiere.
    Siempre me había parecido que lo suyo no era amor verdadero, que yo no era para él más que un mero trofeo que lucir, alguien de quien presumir con los amigos, para enseñar a la madre cuando viene de visita y pasa el polvo sin discreción por encima de los muebles.
    Intuía que en cuanto dejase de ser una novedad en su vida, ya no despertaría su atención como al principio, ya no se quedaría horas mirándome, extasiándose ante mis movimientos gráciles y coordinados, boqueando casi como yo ante mi mera presencia.
    Y ahora, por fin, había pasado.
    Era capaz de pasar por mi lado y ni girarse a mirar, a pesar de mis esfuerzos por llamar mi atención con mis giros de cabeza.
    Por las mañanas, no eran sus buenos días lo primero que me saludaba, y por las noches no se acordaba de que a mí me gustaba que hubiese algo de luz, porque la oscuridad me provocaba agorafobia.
    No me quería, ya no llenaba sus días, mi compañía al otro lado del cristal ya no le resultaba suficiente.
    Siempre lo había temido, había temido el día en que empezara a tratarme como simplemente un pez.
    Ya no me quedaba ningún motivo para vivir. Ya no me apetecía comer, ni respirar...
    -- Papá, papá, ven, ¡corre!
    -- ¿Qué pasa, Juan?
    -- Que la sirena del acuario se ha vuelto gris y flota...¿llamamos a un veterinario o a urgencias?
     
    La Aguadora, jl 2005
    July 17

    Adiós (...)

     
    Esta noche me acordé de una anécdota que me habías contado mientras comía un puré de garbanzos.
    Me descubrí empezando a sonreir con ella...y de pronto la realidad de que había sido falsa, me asaltó hasta el punto de la naúsea.
    Todas las conversaciones que habíamos tenido durante esos meses me empezaron a oler de pronto como puré pasado. De hecho, entendí que siempre habían olido así, pero que con tu chorro constante de palabras, de mimos, de te quieros y te necesitos, lo habías disimulado.
    Comprendí que las palabras en tu boca habían sido las especias con que los malos cocineros disimulan un mal guiso o una carne pasada.
    Por eso nunca me había conseguido acostumbrar al sabor de tus besos.
    La miel de tu verbo era capaz de dotarte de un atractivo y un carisma que era pura apariencia, como la presentación de una tarta de cartón pintado. Pero, cuando eran las bocas las que se hablaban, tu aliento era tan putrefacto como tu verdad, no había limón que pudiera ocultar que tu lengua sabía a pescado, pescado podrido.
    Mi boca repelía la tuya como si de dos polos negativos se tratase.
    Nunca había podido besarte, ni aún cuando me creí que te quería, y yo no lo había entendido. No había escuchado a mi lengua, más inteligente esta vez que mis oídos. Ellos te habían creido todo el tiempo, pero no así ella, más ladina tal vez por más mujer o por más sensible al olfato de la tuya, mendaz como dado de cuatro caras.
     
    Pobre lengua la mía...tan abandonada en estos meses, tan reprobada por ti, tan Casandra ignorada.
    Pobre lengua la tuya...tan acostumbrada a picantes que no detectaba ni el sabor del asco ajeno.
     
    Se me pasó el puré...¡intentando que no se me pasara el arroz!
     
    (Extracto de un libro sobre Adioses y otras formas de desenamorarse, libro de La Aguadora, registrado como Declaraciones de Adiós)