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August 21 Duele, luego existo (II)Acabo de quitarle las ruedas a la bici de mi niña mayor.
Es una tontería, pero me ha costado mucho. Técnicamente venía preparado para tontos, ergo, para padres. Se trataba de desenroscar una pieza blanca, después sacar un par de varillas de sujección, quitar la rueda, volver a colocar todo en su sitio y ajustar. El problema es que yo no tenía fuerza suficiente para hacerlo. Podía haber esperado a pedir ayuda; mañana por ejemplo a la asistenta, o al abuelo cuando viniese de visita o...Pero no quería. Odio depender más de lo que ya dependo de los demás. Así que me empeñé en aplicar mi maña donde la fuerza hace mucho que cedió espacio. Probé con varias llaves, pero ninguna ajustaba al tamaño y, además, el recubrimiento de plástico las ayudaba a resbalar más que a agarrar. Probé con alicates, pero tampoco encajaban. Así que me fui a por el 3 en 1, lo frusfrué (palabro) y esperé. Nada tampoco. Limpié la zona entonces con alcohol, utilicé un trapo para envolver...y al final las tenazas consiguieron hacer presa y girar en el sentido en que debían. A todo esto, mis rodillas ya clamaban, porque no soporto estar de rodillas más allá de un minuto, el dolor se vuelve muy agudo, aunque ya me había tomado un calmante previo a toda la operación, pero lo había conseguido, ea.
No sé si ella se sentirá muy orgullosa cuando consiga montar en su bici sin ruedas, pero no más que yo que recordaré que aún, a pesar de todo y de lo poco que me veo capaz de hacer, todavía consigo cumplir estos pequeños hitos como mami.
Y mientras desmontaba la segunda rueda siguiendo el mismo procedimiento, pensaba: Al final el que dijo lo de la maña frente a la fuerza, para mí que era un enfermo con buen CI y ganas de alimentar la autoestima.
La mía hoy ha merendado ruedas. No le venía mal. Se estaba quedando en los huesos, y esa es la peor parte de mi persona.
La Aguadora, agosto 2006 August 10 Duele, luego existo.No hay mayor placer que la ausencia de dolor.
Creo que alguna vez leí esta frase, que figuraba como proverbio árabe.
No he encontrado su autoría en Google, así que puede que lo sea o no lo sea, o mi memoria la recuerde como le apetece.
Esa frase me recuerda una de mis crisis allá por los veinte, cuando aún no sabía que todos los síntomas dispares que terminarían por sumarse pertenecían a la misma causa. Es que la fibromialgia no estaba de moda por los noventa.
Cuando llevo días con una crisis nueva, como ahora, antes me quedaba sin recursos emocionales. Ahora creo que voy consiguiendo encontrarlos, a ratos, al menos.
Por eso cuando duele y duele y los calmantes no calman, e incluso cuando calman se nota el dolor acechando, esperando a que pase el efecto de la droga y vuelva a recordarte quién manda, que no soy yo, que es él.
Así que cuando duele, ya no me niego a que duela, ya no me niego a decir que duele, me limito a repetir la letanía del dolor en mi interior, esperando un alivio, esperando un inciso que sé que llegará, esperando y confiando en que llegará un minuto mejor, y sabiendo que en cualquier parte del globo hay montones de personas que están peor que yo, que soy afortunada, que tengo muchas cosas que agradecer a la vida...aunque en ese momento duela y tenga una neblina delante de los sentidos y sólo me apetezca protestar y gritar y enfadarme con el universo.
Duele...y lo primero que pierde uno en esta carrera contra el dolor y el tiempo son los amigos.
A nadie le gusta tener al lado a alguien que depende de los calmantes para tener un buen rato, a alguien que pasó de ser un compañero divertido de chistes y diversiones a alguien que divide sus ganas de divertirse en: cosas que me van a doler más o menos.
Se puede vivir con dolor.
Se puede vivir sin amigos.
Y ahora sé que puede que ninguna de ambas cosas sea para vivir peor.
Agosto, 2006 (continuará)
PS. (Ya sé que uno no pierde nunca a toooodos los amigos, y que los que no están, en realidad nunca estuvieron...
pero las generalizaciones a veces sí son precisas. Yo sé de quiénes y por quiénes hablo...y lo mejor es que ellos también.)
July 20 La casa de la praderaConfieso que yo siempre quise ser Laura Ingalls.
En Google aparecen unos dos millones de páginas sobre ella, pero cuando yo era pequeña, para saber de su vida había que aguantar la comida familiar del domingo, el telediario, el tiempo, el tío, los padrinos, el celta del abuelo...y por fin la serie.
A mí la serie no me gustaba.
Pero me gustaba ella.
No era la mayor, más guapa, más rubia, más prota...incluso cuando tuvo que quedarse ciega para lograr la atención.
No era la pequeña, mona y simpática que para eso la sacaban en la serie.
No era el adoptado, chico para más inri.
No era la pija rubia de la tienda.
Era la auténtica fea con talento y trenzas.
Yo quería ser Laura Ingalls incluso antes de entender con mis cinco, seis, siete años que tenía, que era escritora y que narraba su historia.
Yo quería ser Laura porque la intuía libre en su pradera, feliz en su litera de Heidi, audaz pescando en su río, y casándose de mayor, con moño y sin pecas, con su medio no hermano adoptivo.
Cuando hace algunos años me encontré a la actriz que la encarnaba en una serie B americana, tan tan guapa, tan tan pelirroja, creo que volvía a entender por qué yo había querido ser Laura.
Y encima va y tiene cuatro hijos (dos suyos y dos de ese segundo marido tan estupendo que se ha echado, protagonizó Babylon 5 y Tron, por refrescar memoria, por ejemplo) y una vida llena familiar y profesional...
Mmm, menos mal que a su último hijo le ha puesto de nombre Michael Landon y así una al menos puede desahogarse imaginándose un Electra reprimido en La Casa de la Pradera y congraciarse con el mundo no perfecto de los domingos a la tarde.
July 17 House, o la reminiscencia de Colombo.Desaliñado, alérgico a la plancha, parece siempre saber más que los demás y al final siempre pilla al responsable...
A mí me recuerda a Colombo, qué le voy a hacer.
Y ni siquiera sé si me gusta, como tampoco sé si me gusta el detective gabardinoso de mi infancia...pero en ambos coincido en tragarme sus episodios, toditos, incluso repetidos varias veces, lo que creo que solamente había hecho anteriormente con Star Trek o con Stargate (me pirra la SF, qué le voy a hacer, es que no fumo).
¿Por qué nos gusta House? Es una pregunta que parece que se hacen los sesudos estudiosos de la tele varias, porque no terminan de entender por qué House nos ha salido tan resultón en España.
Yo creo que tal vez nos gusta House porque osa comportarse como los malcriados que todos llevamos dentro y que generalmente escondemos bajo la corbata, la laca de uñas y/o los años de educación bien de nuestros papis.
O tal vez nos gusta House porque trata a sus pacientes justamente como nos tratan habitualmente a todos nosotros los médicos de la S.S.,y al ver en la pantalla que es un maleducado antipático y antiempático al que la vida le ha castigado dejándole cojo, solitario y adicto a los calmantes, nos alegramos al imaginarnos que tal vez el último hijoputa de médico que nos trató mal tiene la misma vida miserable que nuestro ínclito Dr. House.
O tal vez nos resulta tierno en su humanidad: débil, medio yonki medio artista, fracasado en amores y triunfador en su trabajo pero incomprendido y marginado. Da el perfil de héroe romántico al que apetece salvar...o que nos salve de nuestra monotonía.
O a tal vez tal vez, nos gustaría creer que cuando enfermemos gravemente en nuestro hospital, nada similar al universitario de Princenton, nos atenderá un hada mágica en forma de doctor cojo y barbudo que nos curará por arte de magia, utilizando su bastón cual varita de purpurina.
Seguro que podría escribir más talveces, pero tengo que preparar la cena a los niños para acostarles pronto y poder disfrutar de otra noche en compañía de House. Que a mí no me pone, que conste, que creo que casi la que me pone es Cameron de Calcuta, que va tan de buena como buena está, y a uno le dan ganas de pillar algo grave y raro sólo para que ella inyecte lidocaína en una vía.
July 03 ...y siguen los piesHoy mi hija mediana, la que sigue pensando que Dios se equivocó al hacer diferentes ambos pies, y que los demás somos tontos por perder tanto tiempo diferenciándolos, me preguntó, mientras yo miraba el escaparate de una zapatería infantil eligiéndoles zapatos:
-- Mami, ¿ y los calcetines también sonríen?
-- Todos sonreimos --respondí yo sin escucharla, lo confieso, mientras barajaba la idoneidad de unos zapatos para mi mayor que le sirviesen para el bautizo del pequeñajo y además para ir al cole en setiembre.
-- Ya, pero -- insistió ella con esa capacidad de horadar la piedra que tienen todos los niños pequeños y que yo creo que es la que ha conseguido que evolucionemos, y no la historia del mono darwiniano-- ¿sonríen como los pies de tu cuento, y como los zapatos, o no?
¡Ah, ya había entendido la pregunta! La niña recordaba el cuento que le escribí para diferenciar el zapato izquierdo del derecho, y donde ambos pies se sonríen.
La niña, a la que mi cuento no la ha ayudado a distinguir qué zapato va en cada pie, más que nada porque prefiere sonreirles ella y esperar que le respondan, convencida de que vive en un mundo maravilloso en el que siempre hay alguien que al final la ayuda si ella pone la sonrisa lo suficientemente adorable, sí le ha despertado nuevas dudas la historia, y una de ellas es si los calcetines, como los zapatos y los pies, también son diferentes uno para cada pie.
-- No, cielo -- le respondí yo -- Los calcetines no se sonríen. Creo que no son muy felices encerrados siempre en zapatos que no les permiten ver el mundo y oler bien.
Silencio de parte de mi niña.
Esos silencios suyos...
Van cargados cual ataque israelí disimulado.
-- Y los calcetines que no están puestos en los pies...¿esos entonces sí se sonríen y no sirven uno para otro pie...?
Algún día irá a la Universidad y empezará a preguntarme auténticas idioteces, me dije, y no las verdades de ahora...pero, ¡anda que no fastidia que un retaco de cinco años te pille en renuncio cada mañana!
Así que lo solucioné como hacemos casi todas las madres y todos los políticos. Distraje su atención con algo que le gustase más que solucionar su duda:
-- ¿Vamos a comprar pan?
Lo malo es cuando se acaba el pan y el Mundial.
Yo ya tengo preparada una historia para continuar mi lucha entre la derecha y la izquierda en sus pies. A Zapatero se lo veo más crudo para distraernos del carnet por puntos y alguna de sus otras vainadas recientes.
February 15 Miss Cascarrabias en San ValentínBueno, menos mal, ya ha pasado.
Con la resaca de la fecha a cuestas, ya puede una tomarse una pastilla de naproxeno y escribir sobre ella. O, como me gusta hacer en este ejercicio de dedos que llamo Miss Cascarrabias y donde dejo de fingirme sociable y simpática y permirto a mi lado oscuro que escriba sin intentar ni por asomo resultar políticamente correcta, protestar sobre ella.
Odio San Valentín.
En cambio, lo amaba cuando era joven. Cuando era joven, poco atractiva, tímida y rara y no tenía con quien celebrarlo.
Adoraba esta fecha, esperaba que cada año sucediera algo mágico y diferente que me hiciera sentirme una más de esas a las que regalaban rosas en San Valentín, anhelaba sentirme integrada, difuminarme en esa oleada de enamoradas de/por alguien que celebraban ese día.
Y no sucedía.
Años tras año, y fueron muchos desde los doce o trece años en que recuerdo que la fecha empezó a importarme, la fecha no era mágica, porque no había con quien compartirla.
Yo deseaba que llegara con la firmeza y fe con que alguna vez había escrito la carta a los Reyes, y siempre llegaba y pasaba, y no me empapaba. Podría diluviar en San Valentín, podrían llover rosas, pero no llovían para mí.
Incluso llegó a darse la circunstancia de tener novio apenas unos días antes, y yo conseguir arreglarlo para discutir y romper precisamente antes de la fecha.
Una vez recuerdo que justamente dejé a un novio en ese día, con su regalo encima de la mesa de la cafetería de la que yo me fui, llevándome eso sí, la rosa que yo había comprado para él (¿o en verdad ya sabía que la había comprado para mí?).
No había nacido para Valentina, estuve convencida de ello durante años.
Pero no odiaba la fiesta, continuaba amándola, como uno se enamora de un amor imposible e inalcanzable.
Años después, con matrimonio estable, he celebrado la fecha. Después del matrimonio, también me ha encontrado esa fecha con pareja.
Y, sabiéndome enamorada y con enamorado respectivo, ahora es cuando odio la fecha.
La encuentro tan ofensiva...
Me recuerda lo que no tuve cuando lo necesitaba. Porque ahora me sé sociable, mayor pero mucho más atractiva, rara pero por diferente y encantada de serlo, y amada. Y ahora que no necesito peluches en forma de corazón ni ramos en días en que ellos mismos parecen aburridos de ser carne de floreros, ahora siento que no hay cantidad suficiente para llenar el hueco que dejaron los que no estuvieron cuando se necesitaron.
Por eso odio la fecha.
Porque aborrezco la incongruencia. Esta fecha no tiene sentido, por mucho que la promocione El corte inglés como casi todas las fiestas, y todas las cadenas de la tv a la vez.
Porque, si uno está enamorado y es correspondido: ¿a qué festejar en un día concreto con veinte millones de personas a la vez sin mesa en su restaurante favorito y con las rosas a precio de beluga y mucho menos olor?
Y, si uno no tiene amor en ese día, ¿a santo de qué recordarlo todo el tiempo? La ausencia de amor ya es suficientemente dolorosa por sí misma sin necesidad de home cinema que lo amplíe en intensidad.
Pero, a pesar de mi cordura aparente al analizar este día tonto y sin sentido, no dejo sentirme un poco la misma cada 14 de febrero...la misma adolescente sin gracia y sin seguridad que esperaba que una llamada, un regalo o una sorpresa cambiara su suerte, y pintara corazones rojos y flores en su vida.
Cuando has sentido una vez que nunca brillarían por ti las velas de una cena romántica en San Valentín, lo has sentido para siempre, me temo.
Así que felicito a los promotores de la fechita. Hän encontrado el mecanismo perfecto para sacarle el jugo a la sensación de fracaso que todos hemos tenido alguna vez, algún 14 de febrero dichoso.
La Aguadora, San Valentín 2006 February 05 Miss Cascarrabias 0502Cada vez que alguien te dice: 'Ponte en mi lugar', en realidad, lo que no quiere es ponerse en el tuyo.
Me encantan las manipulaciones bien hechas. Por motivos de nacimiento y condición he vivido toda mi vida rodeada de manipuladores natos. Unos han sido buenos, otros francamente muy muy buenos...y les estoy muy agradecida. Soy, gracias a ellos, capaz de detectar una manipulación con la misma destreza que un cerdo entrenado una trufa enterrada.
Porque...¿por qué me voy a poner en el lugar de otro? Yo no soy ese otro, no he vivido su vida, su pasado, su educación, sus miedos aprendidos y sus reacciones propias y únicas. ¿Por qué voy a ponerme en su piel? Es imposible. Puedo fingir que lo hago, puedo ser políticamente correcta y asentir, pero mentiría, como buena respuesta política. Uno no puede ponerse en el lugar del otro, porque ese lugar ya está ocupado, simplemente, y porque uno no es el otro, más obviamente.
Así que, ¿qué sentido tiene esa frase?
Generar una respuesta. Pero la respuesta que se espera no es la empatía de entender al contrario, no. Para entender al contrario no necesita uno metamorfosearse en él. ¿No nos hemos sentido todos cucarachas leyendo a Kafka? ¿Acaso alguien necesitó arrastrarse y vivir como un insecto para ello?
Lo que uno espera cuando acusa al de enfrente de que no se está poniendo en su lugar es que se sienta culpable por no hacerlo...porque por supuesto que no lo está haciendo. Nadie se pone en el lugar del otro, por muy linda que quede la expresión.
Cuando alguien os acuse, pues, de no estaros poniendo en su lugar, responderle con un claro y directo: 'Por supuesto, ¿y?' Y quedaros tranquilamente a observar su atónita respuesta.
Y después me la contais.
Ya es hora de conseguir desarticular esas bombas de relojería ambulantes que son esos manipuladores de frases aprendidas.
Quien quiera manipular, al menos que se lo trabaje un poco más.
Ponte en mi lugar--dijo Alicia.
No, gracias. --respondió el espejo-- Me gusta este lado. El otro no refleja. Está demasiado oscuro.
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La Aguadora, reflejando a Miss Cascarrabias
November 09 El frío que calientaHoy mi madre se ha quejado de que en mi casa notaba frío.
Estaba extrañada, porque habitualmente mi casa se parece bastante a una sartén con aceite en el mediodía sevillano de cualquier agosto. El frío aumenta mis dolores articulares, así que todo tiende a estar tan calentito como el cuco de un recién nacido.
Pero mi casa estaba fría y yo ni lo había notado.
Sopesé su comentario, y me percaté de que hacía días que no notaba diferencias de temperatura, más que nada porque la mía debía ser la más fría de todas.
En ocasiones el frío se abraza con nosotros hasta un punto en que ya nada nos puede devolver el calor de la vida. Es un frío que nace desde dentro. Al principio se agradece cuando llega, porque como la muerte por congelación, es dulce, es casi como dejarse llevar por un no sentir, es un dejar de sufrir y llorar y padecer y sólo empezar a disfrutar de un no estar casi.
Ese frío no se nota, como no se notan las primeras canas hasta que ya han tintado el pelo hasta el punto en que no lo reconocemos como nuestro.
Hace tiempo que no me reconozco en el espejo.
Hace más aún que intento no mirarme.
Hace menos que no consigo ni mantener mi propia mirada.
No sé cuánto hace que siento frío, pero sí sé por qué llego, y quién me robó el abrigo.
Era un abrigo prestado, como el de todos. Era el abrigo de la confianza en la vida, de la esperanza en soluciones, de los 'y si...', los planes que alguna vez se cumplirían.
Era un abrigo que se iba al tinte en ocasiones, o me quedaba pequeño o grande en otras.
Pero abrigaba, como todos los abrigos. Y alejaba al frío.
Me robaron ese abrigo, me lo dejé robar, creo, porque nunca hay únicos culpables en la historia de los delitos.
Le he perdonado. Le he perdonado no sé si por puro cansancio para odiar o por simple lástima a una vida que tampoco envidio.
Hace muchos años me sentí víctima durante una temporada, y creo que con razón. Y aquella vez les perdoné. Les perdoné por puro olvido y por pura revancha de la vida: conseguí ser feliz, conseguí ser mejor después de aquello y la alegría es incompatible con el rencor.
Ahora no recuerdo lo que es la la alegría sin nimbos plomizos encima. Ahora no recuerdo lo que es no llorar tan a menudo que haya tenido que abandonar la pintura de ojos porque terminaba toda en los pañuelos.
Pero lo peor es que no me queda ninguna ficha de esperanza para jugarla en el casino de la vida. Y si la tuviera, no tendría fuerzas ni ánimos para ir a cambiarla a la taquilla.
Si tuviera esperanza que canjear en cualquier monedad, se la dejaría en herencia a mis hijas.
Ni eso tengo para dejarles. Bastante les miento cada día vendiendo unos valores y una fe en el futuro que a mí se me cayó como se caen las pestañas al frotarse los ojos para despertar de una pesadilla.
He subido los termostatos de todas las habitaciones. Yo sigo sin notar cambios de temperatura en ninguna, pero no importa. Si de mi frío aún consigo emitir calor, aunque sea prestado por la compañía de la luz, para calentar las vidas de otros, por lo menos aún no será el frío último el que enciende calefacciones que no sentirá. Aún no, aún no...
que no deja de ser una letanía como otra cualquiera, dentro de las posibles oraciones ateas con las que uno puede no rezar cada mañana dando gracias por un nuevo día.
La Aguadora Nov, 2005 October 20 La vida tiene un precio...y yo soy afortunada, hoy me he enterado exactamente de cuál es.
En pleno despertar gris de noche de insomnio y día que prometía humedad de esa que empapa tanto los huesos como las aceras, terminé hablando sobre la muerte en el desayuno con mis hijas.
De la mía, en concreto.
A veces uno se siente tan cansado que la muerte empieza a parecer sólo una estación más en el metro del camino. Ni mejor ni peor destino, ya que uno no viaja con uno en concreto, está demasiado cansado para recordar dónde iba...sólo le mantiene en el vagón de la vida la pereza por no decidir apearse en una u otra estación.
Y eso comenté con mis hijas, que estaba tan cansada que casi me apetecía morirme un poquito.
No es un tema de conversación para niñas tan pequeñas, me dije a mí misma nada más colocarlo en la mesa, al lado de la leche y el cola-cao.
Pero ellas continuaron revolviendo ambas cosas, el tema y el chocolate medio disuelto, con la misma parsimonia.
La pequeña adujo un: --Mami, yo quiero que tardes mucho en morirte.
Y una, que estaba especialmente mezquina ese desayuno, asiente y agradece el aprecio con que la niña lo dice.
Pero entonces llega la mayor, y entre sorbo y sorbo de leche coloreada, aduce:
-- Mami, si te mueres ahora, se muere también el hermanito.
-- Vale --concede una magnánima- Prometo aguantarme las ganas de morirme hasta que nazca el hermanito. ¿Te parece bien?
Y es entonces cuando la niña continúa con su razonamiento, fruto sin duda de ese despertar fresco de lavadero recién limpiado con que los niños son capaces de levantarse así se trate del madrugón del siglo, y dice:
-- Y si te mueres, ¿quién nos cuidará?
-- La abuela. Con la abuela estais bien, ya lo sabes.
Silencio durante otro par de sorbos. Y ahora es cuando una piensa que la niña va a alegar lo mismo que su hermana, pero no, hace bien, la he enseñado a no premiar las conductas indeseables, y la de su madre esa mañana lo era.
--...Y, mami, si te mueres, ¿quién nos comprará las galletas con pizquitas de chocolate? La abuela no las compra.
-- Cariño, prometo dejar en el testamento un legado especial para que te compren tus galletas.
Nuevo sorbo-pausa.
Conclusión de la niña:
-- No hace falta. Tú compra varios paquetes, que duren lo que queda de curso. Y acuérdate de decirle a la abuela que nos deje llevarnos todos nuestros juguetes.
Y se fue a lavarse los dientes.
Cada paquete de esas galletas que tanto le gustan le dura unas dos semanas. Eso son dos paquetes al mes. Con que para Navidades les haya comprado diez, doce mejor, paquetes de galletas, ya puedo morirme tranquila.
Siempre he pensado que en Occidente nos tomamos demasiado en serio, valoramos mucho la importancia de cada vida, lo que no sucede en los países menos afortunados donde la muerte es tan cercana que la vida vale menos en comparación.
A mí hoy le han puesto precio a mi muerte: doce cajas de galletas a un euro con treinta y cinco cada una.
No es mucho.
Pero teniendo en cuenta la cantidad de almas que habitan el planeta, no puedo quejarme. Algunos niños del Tercer Mundo mueren porque les falta justo ese euro treinta y cinco para pagar una medicina indispensable.
Hoy he aprendido lo que valgo.
Algunos pasan toda su vida en pos de cotizar por un valor tan alto, que nunca lo alcanzan.
Me voy a la compra, no sea que con la huelga de transportes empiecen a escasear las galletas.
La Aguadora, Oct 05
September 02 One Earth alone...Cada vez que un ciudadano estadounidense (o americano, como les gusta llamarse a ellos, con esa facilidad que tienen de coger el rábano por las hojas o la parte por el todo y olvidar que de México para abajo también hay vida inteligente) sufre un percance en un país extranjero, sea un robo, un secuestro o una permanente mal ajustada, la voz del país que se cree la primera potencia mundial se alza desde su embajada más cercana y nos recuerda que ser americano es algo así como tener la sangre azul...azul Yankee Doddle.
Reconozco que como consumidora de los canales de noticias, en inglés algunos de ellos, me he sentido muchas veces ciudadana de segunda de este planeta.
En cambio, durante esta semana, escuchando las noticias In Live que emite la propia CNN sobre la catástrofe natural que ha supuesto el paso del Katrina por territorio de EEUU, he llegado a la conclusión de que me alegro y mucho de ser ciudadana europea.
Como supongo que se alegrarían los 80.000 refugiados que permanecen en este estadio de Nueva Orleans, sin recibir ayuda de ese país que presume de tener el mejor ejército del mundo.
¿Cuatro días y no han podido aún atenderlos a todos?
Han tardado menos en invadir algunos países.
Si ni siquiera han podido ocuparse de ese número de ciudadanos suyos concentrados en un mismo punto y necesitando asistencia de todo tipo, mucho menos les va a reclamar una que auxilien calle por calle a todos los demás que permanecen esperando su ayuda.
Un solo ciudadano yanqui en territorio extranjero es causa de movilización internacional...varias decenas de miles de los suyos afectados por una catástrofe natural parece que no.
¿Tal vez porque hasta ahora eso siempre era algo que pasaba en otros países, mucho más pobres?
¿Porque no importaba firmar o no el protocolo de Kyoto porque las consecuencias no las pagarían los incumplidores?
¿Porque era más sencillo atribuir la incapacidad de esos países tercemundistas para socorrer a los suyos a su propia condición de países subdesarrollados que a la falta de solidaridad de los países ricos?
¿Quizás porque la mayoría de los damnificados a los que no están socorriendo en su propia catástrofe son de raza negra?
Me atrevo aventurar que si este desastre llega a haber sucedido en Europa, todos los países de la zona habrían enviado en 24 horas, no digamos ya en cuatro días, todos los medios de ayuda a su alcance.
Hace unas semanas veíamos en los mismos canales de noticias al primer ministro portugués agradeciendo justamente la ayuda aportada por varios países vecinos para enfrentarse a los incendios descontrolados que asolaban su país.
Estados Unidos no necesita a nadie...
salvo tal vez una gran dosis de humildad tomada con cucharas de sentido común.
Si le preguntaran a esos miles de ciudadanos que hoy se deben sentir abandonados por su todopoderoso gobierno, tal vez, tal vez, dirían que preferirían ser canadienses en la próxima catástrofe, si no europeos.
Yo sé que hoy, mi espíritu se solidariza con cada individuo que ha sufrido el paso del huracán. Que me consta que en pocos meses de nuevo la gran potencia demostrará su poder reconstruyendo una Nueva Nueva Orleans bis, que espero que esté a juego de una par de diques más resistentes.
Pero también sé que he dejado de sentirme ciudadana de segunda de este planeta.
Un planeta de liga de primera donde deberíamos jugar todos, sobre todo ahora que les debería haber llegado el mensaje a los que no se sienten responsables de mantener el equilibrio ecológico de la Tierra. Un mensaje que la Naturaleza ha traducido al inglés para recordarles que
Una sola Tierra, todos vecinos, todos responsables.
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